14 mar. 2013

Intelectuales antichavistas


La prestigiosa etiqueta de “intelectual” es resbalosa. Quiénes son o no son los intelectuales, es un asunto de discusiones muy largas. Hay por ejemplo quienes los confunden con los académicos y otros reconocen como tales solo a los filósofos. En estos párrafos le extenderé ese título a aquellos profesionales de la opinión y el análisis vinculados o habitualmente tenidos en cuenta por las grandes empresas periodísticas nacionales e internacionales. Casi todos se dicen independientes y la mayoría de ellos funciona como una retaguardia de la derecha global, justamente volcada hacia el mantenimiento de la geocultura del capitalismo del siglo XXI.
Después de fallecido, Hugo Chávez está ganando sus batallas póstumas, aunque nadie puede predecir hasta cuando lo hará. El proceso hacia el socialismo en Venezuela apenas da sus primeros pasos y su fragilidad es enorme. Quizá sin proponérselo, el Chavismo, que no es propiamente un ideario o un cuerpo teórico desarrollado, tiene desbaratada a esa retaguardia intelectual mediática que está cubriendo los primeros días de la Venezuela sin su máximo conductor. A pesar de que la muerte de ese personaje estaba tan segura y tan próxima, nadie se preparó seriamente para analizarla y menos aún, para entender este otro “caracazo” que todavía está ocurriendo alrededor del cadáver del comandante y se prolongará por lo menos hasta la posesión en propiedad de Nicolás Maduro como nuevo jefe de estado. Ante el desconcierto que les ha producido la millonaria multitud adolorida y el desfile de mandatarios y líderes de todo el mundo ante el féretro de Chávez, no han tenido más remedio que echar mano de la telenovela, las suposiciones ligeras, las intuiciones y las premoniciones dictadas por el deseo. Mientras más traídas de los cabellos son sus profecías, más “científicos” se creen a sí mismos tales analistas de la Venezuela bajo el mando de Maduro.
Lo que esa intelectualidad no entiende o prefiere no entender, es el asunto fundamental del proceso de transformación social que hoy vive el país vecino, que consiste en el surgimiento de un nuevo sujeto político, que aunque hoy se denomina Chavismo, es anterior a la primera posesión presidencial de Chávez en 1999; incluso anterior a la rebelión militar fallida de 1992 que lo lanzó a la escena pública nacional. Ese sujeto es una fuerza popular heterogénea y multisectorial, principalmente urbana, que en febrero de 1989 salió a las calles de Caracas en rebelión contra las medidas económicas que el presidente Carlos Andrés Pérez quería tomar obedeciendo las directrices del Fondo Monetario Internacional. Ese, el “caracazo”, fue el alzamiento que rompió fuegos en América Latina contra las políticas neoliberales que luego se llamaron “Consenso de Washington” y que ya entraban en vigencia en todo el subcontinente.
Ese sujeto político, derrotado temporalmente por las balas oficiales, se fortaleció notablemente en 1992 cuando un grupo de militares nacionalistas, con el joven Chávez a la cabeza, salió a su encuentro e intentó, también fallidamente, un golpe de estado contra el mismo presidente Pérez. Luego de la intentona, el comandante entró a la cárcel pero también al corazón de los venezolanos de a pié, que esperaron su salida para llevarlo al Palacio de Miraflores en 1999 y tres veces más en lo sucesivo.
No es necesario seguirle el hilo a toda la historia venezolana de los últimos catorce años. Lo importante es recalcar que el sujeto central de todos los avatares sociales, económicos, políticos y culturales del vecino país, es esa multitud de seres humanos que ha sido capaz de torcerle el brazo a la oligarquía voraz que la asfixiaba, ganando elecciones, tomándose las calles, defendiendo a su líder cuando ha estado en peligro, garantizando el orden y la paz, como lo hizo durante el sepelio de su líder, en fin, defendiendo un proyecto político que considera propio, construyendo su propio futuro.
Ese sujeto político en movimiento, lo vio el mundo entero en las pantallas de televisión en los días recientes, pero los analistas al servicio de los emporios mediáticos no lo vieron, no fue tema de sus análisis ni entraba en sus premoniciones. Más bien, exhibían su desprecio por las gentes humildes insinuando que eran masivamente engañadas o compradas con migajas que les tiraba el régimen bolivariano. Las personas comunes que fueron entrevistadas directamente por los periodistas, lo que expresaron en medio de su conmoción fue la lealtad a su proyecto y al legado político de Chávez,  la seguridad colectiva en sí mismos y en su futuro como pueblo. Es decir, lo que las gentes declararon al mundo desde las calles Caraqueñas, es que eran un poder capaz de decidir el futuro de su nación, que ahora tenían patria y no se la iban a dejar quitar.
Las aves de mal agüero que siguen revoloteando sobre Caracas, acumulan argumentos sobre la supuesta catástrofe económica que espera a Venezuela en los próximos días. Repasan todos los indicadores macroeconómicos y todos los encuentran por el suelo: el PIB, la inflación, la devaluación, la revaluación, la tasa de cambio, la balanza de pagos, las inversiones, el déficit fiscal, los precios del petróleo, etc. Los indicadores que no quieren mirar –son economistas muy raros– son los indicadores sociales; ni el empleo, ni el salario mínimo, ni la salud, ni la educación, ni la vivienda, ni la pobreza, ni la equidad, ni nada que les rompa los prejuicios ideológicos sobre las luchas de los pobres contra la explotación capitalista. No obstante, las proyecciones negativas sobre la economía de Venezuela tienen un problema: son las mismas desde que en 1999 Hugo Chávez asumió la presidencia. Según nuestros analistas hace catorce años el vecino país anda al borde del precipicio; nunca han cambiado su libreto pero tampoco explican por qué esa economía sigue de pié con los mejores indicadores sociales de América Latina.
El otro paquete de previsiones negativas, podríamos llamarlo “político”, pero  con minúscula. Con minúscula porque el sujeto político central del proceso de cambio, la mayoría popular organizada y empoderada, ha sido borrada de los análisis, y al borrarla, se abre el espacio necesario para el juego de rompecabezas que les gusta practicar a ciertos politólogos, que reducen su disciplina académica y su oficio a un relato sobre carismas, perfiles, modales y subjetividades de los individuos que según ellos, determinan la vida de las naciones. De esa manera nos anuncian a diario que el Chavismo volará en pedazos porque Maduro no es Chávez, porque Cabello no es Maduro, porque X no es Y, o porque las diferencias perjudican y a ellas sobreviene el caos. Su sueño es que esa revolución no amanezca, como aspira Mario Vargas Llosa: “Una cosa sí es segura: ese híbrido ideológico que Hugo Chávez maquinó, llamado la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI comenzó ya a descomponerse y desaparecerá más pronto o más tarde, derrotado por la realidad concreta, la de una Venezuela, el país potencialmente más rico del mundo, al que las políticas del caudillo dejan empobrecido, fracturado y enconado, con la inflación, la criminalidad y la corrupción más altas del continente, un déficit fiscal que araña el 18% del PIB y las instituciones —las empresas públicas, la justicia, la prensa, el poder electoral, las fuerzas armadas— semidestruidas por el autoritarismo, la intimidación y la obsecuencia” (El País.com, marzo 10/13).
Tanta desorientación de ese tipo de intelectuales, no solo se debe a sus prejuicios ideológicos. También se debe en gran medida a su formación en las doctrinas de la guerra fría, que los dejaron sin armas para entender los cambios sociales propios del siglo XXI. Hay particularmente tres fenómenos que no tienen cabida en los cerebros de esos escritores:
1. No aceptan que los cambios sociales profundos ocurridos en un país del tercer mundo, hayan transcurrido sin violencia alguna. Todos los que se han preparado desde sus universidades para tildar de violentos a los pobres cada vez que alzan su voz, andan confundidos buscando los supuestos actos de guerra y agresión del Chavismo contra sus opositores. Para ellos todo acto de violencia deslegitima las causas sociales, y hasta aquí tienen razón. Pero cuando esas causas triunfan sin derramamientos de sangre, salen a decir que son espurias, manipuladas y productos del engaño.
2. Siguen paralizados en la lucha contra el ateísmo. Están confundidos porque Maduro besa un Cristo o porque los rituales de la muerte sean católicos. Tienen en sus mentes el estereotipo de la revolución atea militante e irreverente. No creen que América Latina pueda inventar un socialismo diferente al de 1917, un socialismo pluralista que respeta las libertades y en lugar de excluir, integra en su proyecto a todas las identidades nacionales de orden religioso, étnico, territorial, racial, sexual, etc.
3. Continúan en la cruzada universal contra el marxismo-leninismo y sus dogmas del siglo XIX-XX. La Izquierda latinoamericana se distancia cada vez más de los dogmas eurocentristas para idear soluciones propias a sus propios problemas, pero los analistas-periodistas siguen disparando al aire contra los fantasmas que conocieron en sus universidades y aún los acompañan. Están convencidos que el Chavismo es una especie de “partido del proletariado” minoritario que se mantendrá en el poder a punta de purgas y de aparatos de policía secreta.
Toda esta literatura mediática que nos bombardea por estos días, desnuda más que el pensamiento mítico de una parte del pueblo Chavista, los fantasmas y los prejuicios de la intelectualidad de derecha respecto a los procesos democráticos y populares que caminan por América Latina. Por fortuna para ellos, aunque están prestos a negarlo o no entiendan por qué, el proceso político venezolano tiene poderosas amenazas en el mediano plazo, que están asociadas principalmente al poderío tecnológico militar de los Estados Unidos y la capacidad que aún mantiene de desestabilizar los regímenes latinoamericanos a través de las burguesías nacionales y el concurso de las grandes empresas periodísticas que cubren el subcontinente.
La amenaza al régimen Chavista sigue siendo fundamentalmente externa, amén de las conexiones entre la oposición, el autoexilio de Miami y los republicanos del país del norte. De suerte que la agenda internacionalista de la administración Maduro tiene tareas defensivas absolutamente prioritarias que implican la consolidación de la institucionalidad internacional latinoamericana recién fundada.
Una de las estrategias más antiguas del poder para luchar contra los movimientos antisistémicos en todo el mundo y buscar su derrota, es separarlos de sus líderes, mediante variadas tácticas que van desde la cooptación hasta la violencia contra ellos. La derecha global acudió a tales armas cuando repetidas veces intentó deslegitimar a Chávez y mostrarlo como un charlatán megalómano. Nunca lo logró y muchos de sus líderes lo reconocieron cuando se desplazaron a Caracas y respetuosos se pararon frente a su cadáver. Pero más allá del individuo, es la enorme masa de seres humanos que creen en sí mismos, la que podrá continuar las tareas que trazó el dirigente. Chávez cumplió una misión histórica para un momento histórico, que necesitó de su carisma y su condición física y mental individual. Para un momento histórico diferente como el que se inicia, serán necesarios otros líderes con otras condiciones y otras subjetividades adecuadas al momento y a las tareas de la nueva agenda. Es decir, la historia no se detendrá a esperar que nazca un nuevo Hugo Chávez. Indudablemente que la personalidad individual tiene un lugar importante en la historia, pero esta no llora muertos sino que los memoriza cuando sus pueblos los reconocen como verdaderos conductores.
Todos los hombres somos diferentes los unos de los otros. Igualmente los grandes líderes y los movimientos a los cuales se deben: chavismo, peronismo, gaitanismo y otros “ismos” son realidades históricas tan disímiles como sus pueblos, sus países, sus épocas y sus retos. Son realidades históricas porque se encarnaron en sujetos políticos colectivos y específicos. No reconocer a tales sujetos es renunciar a todo rigor y abrazarse a la trivialidad. 

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