26 ene. 2013

Bolivarianismo – Chavismo – Socialismo


Los dos triunfos electorales consecutivos del Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV– en octubre y diciembre, la enfermedad del presidente Hugo Chávez y su convalecencia en Cuba, han sido las grandes noticias de la política latinoamericana en el intersticio 2012-2013.
Lo que ha ocurrido en la vida venezolana desde el 10 de diciembre cuando el presidente salió del país, hasta hoy, es la mejor respuesta a quienes se siguen preguntando qué sería del Chavismo sin Chávez. Lo que ha ocurrido sin el mandatario en escena, es el triunfo contundente en las elecciones regionales (estaduales) del 16 de diciembre y la movilización callejera multitudinaria en defensa de un proyecto político que la gente del común considera suyo.
La rebeldía del pueblo venezolano, como la del colombiano, tiene una larga tradición que se remonta desde antes de su grito de independencia en 1810. Lo que hoy conocemos como Revolución Bolivariana, es solo la gesta más reciente y actual de una larga historia de lucha por la libertad y la justicia social, que tomó fuerza cuando en febrero de 1989 los pobladores de Caracas (de ahí la denominación de “Caracazo”) se alzaron contra el paquete de medidas que en obediencia al Fondo Monetario Internacional, quizo imponerles el presidente Carlos Andrés Pérez. El saldo fue de centenares de pobladores muertos y millares de heridos tanto en la capital como en otras ciudades. Luego vinieron los fallidos golpes militares en 1992, la destitución de Pérez por el Congreso en 1993 y en 1998, la elección popular de Chávez como jefe de estado.
El proceso de transformaciones sociales, políticas y económicas que hoy tienen lugar en el vecino país, se asientan en tres paradigmas que al mismo tiempo expresan tres temporalidades distintas: el Bolivarianismo conecta ese proceso con el pasado, el Chavismo con el presente y el Socialismo le da las luces de su futuro. Los tres elementos aunque diferentes, al fundirse en la práctica política, establecen la identidad tridimensional de la revolución bolivariana. Veamos:
El Bolivarianismo que los líderes políticos venezolanos reivindican está referido al carácter antiimperialista del pensamiento del libertador Simón Bolívar y a su sueño de la unidad latinoamericana. Sobre estas dos bases se ha construído un relato heróico que funciona como una pedagogía de independencia, soberanía, autodeterminación frente a la potencia estadounidense e internacionalismo latinoamericano.
Indudablemente un mérito de la actual dirigencia en Venezuela ha sido rescatar de los anaqueles de los archivos y los empolvados textos escolares de historia patria, la figura del libertador Bolívar. Más allá de las momificaciones y los mausoleos, es claro que la memoria de la gesta libertadora de principios del siglo XIX y ante todo el ideario independentista de nuestras naciones que pretendió acallar la doctrina Monroe de 1823, han significado una conciliación entre la historia y las actuales luchas de los pueblos latinoamericanos contra la dominación del capital globalizado.
No todas las lecturas del ideario de Bolívar son similares. Otras élites latinoamericanas, como la colombiana, aferran su bolivarianismo al centralismo autoritario y hasta lo han querido emparentar con el origen del partido conservador. Al respecto la historia política tiene mucho qué decir, pero nunca podrá negar que si alguna utopía le dio sentido a las gestas bolivarianas, fue la unidad de las naciones de América Latina. No hay por lo tanto bolivarianismo real sin internacionalismo y compromiso claro con un proyecto colectivo latinoamericano.
De esta manera, el cuerpo ideológico que inspira el proyecto de gobierno, ha logrado articularse con la tradición histórica y apropiarse de un amplio imaginario que tiende un lazo de continuidad entre Bolívar y Chávez, pasando por Antonio José de Sucre y Ezequiel Zamora. Al mismo tiempo le da piso a la política internacional del Chavismo, decididamente volcada a la solidaridad regional en pos de un proyecto conjunto que permita a América Latina dejar de ser postor y convertirse en jugador de la geopolítica global.
El Chavismo no constituye hasta la actualidad un cuerpo ideológico coherente que permita a sus activos orientarse mucho más allá de la desaparición de su caudillo. Pero gústeles o no a las burguesías criollas del continente y sus propagandistas, Hugo Chávez es una creación de la Venezuela estafada por las políticas neoliberales y por la oligarquía nativa que la gobernó embolsillándose la renta petrolera durante décadas. El fervor popular que despierta su liderazgo está firmemente cimentado en sus actuaciones públicas desde que intentó el derrocamiento del presidente Pérez encabezando un levantamiento militar que lo llevó a la cárcel en 1992, luego a la amnistía y después a la lucha democrática que lo instaló en el palacio de Miraflores. A lo largo de dos décadas, el carisma de Chávez ha estado al servicio de la emergencia de un nuevo sujeto político en el acontecer de Venezuela, constituído principalmente por pobladores urbanos, empleados y desempleados y clases medias empobrecidas, todos convidados de piedra en el banquete que se daban los políticos y los magnates del petróleo y la banca con la riqueza nacional.
La base del nuevo sujeto político está integrada por los marginados del desarrollismo y la democracia formal representativa que impusieron los partidos políticos liberales, conservadores y democristianos del vecino país, los mismos que se han desbaratado como castillo de naipes sin nada qué decir a esos venezolanos que hoy se toman las calles para defender su Constitución política y los avances de una sociedad que ahora sí empieza a incluirlos.
Hugo Chávez no es el ideólogo iluminado que haya quebrado los paradigmas de la política latinoamericana. No. El Chavismo, como el peronismo argentino de los cuarentas y cincuentas y otros “ismos” de nuestro continente, es un estado de ánimo, una esperanza en movimiento, un afecto colectivo en el cual descansa la suprema fuerza de un proyecto político que a pesar del largo camino que tiene por recorrer, ofrece ya sus primeros sorbos en reducción de  pobreza y de déficits en salud, educación y vivienda. Lo que se denomina Chavismo, es la fuerza de la movilización popular que palpita en Caracas y sigue desbaratando todas las conspiraciones que se fraguan desde los clubes, la cleresía y los grandes medios informativos que aún controlan las derechas.
Decir que la revolución bolivariana está viva, simplemente significa que las mayorías populares siguen aferradas a su programa político y dispuestas a defenderlo en las calles; de ahí la obsesión de los emporios nacionales e internacionales de la (des)información con la salud de Chávez, porque el Chavismo es el presente de ese proceso de cambio y la muerte del supremo líder, cualquier día que ocurra, planteará una “medida del aceite” para ese proyecto que los actuales derrotados querrán aprovechar.
Pasado y presente están siendo claros para los trabajadores y los sectores populares de Venezuela. El futuro en cambio, aunque ya está en construcción, ofrece desafíos por donde se le quiera mirar. Todo se puede resumir en las batallas estratégicas y al mismo tiempo cotidianas que se libran entre la ruta al Socialismo que transitan las fuerzas más avanzadas del proceso político, y la ruta de regreso al neoliberalismo que orientan los sectores oligárquicos de esa nación aliados con los capitales transnacionales. Las confrontaciones son complejas, y ocurren en los planos no solo políticos y organizativos, sino también en la economía, la cultura y todas las instancias de poder. Una de las más complejas es la lucha cultural, orientada a combatir las taras mentales que la sociedad toda, incluídos los dirigentes, han heredado del viejo orden autoritario y corrupto. Corrupción y autoritarismo siguen estando presentes en diferentes instancias del régimen como huesos duros de roer, que a diario obstaculizan y distorsionan la ruta socialista de las transformaciones económicas y políticas más importantes.
La mayoría de los partidos políticos de Izquierda se fusionaron a principios de 2008 en el Partido Socialista Unido de Venezuela –PSUV– para consolidar los logros y conducir los cambios que la sociedad reclama. Fue un paso adelante no solo en lo organizativo sino también en el propósito de construir una dirección colectiva que profundice los cambios sociales. Es en el PSUV con Chávez a la cabeza, en quien recae ahora la tarea de dirigir y desarrollar la hegemonía para propinar nuevas derrotas a la dominación capitalista en ese país y en la región. En el plano económico, el país deberá superar su exagerada dependencia de la renta petrolera que heredó de la IV República (1958-98), diversificar su aparato productivo y asegurar los abastecimientos.
Es bien larga la lista de las carencias que aún afectan a la sociedad venezolana. La violencia por delincuencia común es también un rubro que reclama mucho trabajo de los poderes públicos, urgidos de reformas antiburocráticas que eleven su eficiencia. Lo que también es cierto, es que con o sin Chávez, mientras el poder popular esté vigente, todos los problemas sociales tienen posibilidades ciertas de solución. Impotente ante la movilización social, a la derecha de Venezuela solo le ha quedado las apuestas a la crisis económica, los saboteos y la guerra mediática.
Politicamente, el reto de más alcance para el PSUV es la profundización de la democracia participativa, que traduzca la lucha popular en mayores niveles de organización y empoderamiento especialmente en el sindicalismo y el cooperativismo agrario. La revolución bolivariana ha sido esencialmente democrática; su fuerza descansa en la participación activa de la gente y en su cualificación progresiva para ejercer la toma de sus propias decisiones. No de otra manera el proceso político podrá seguir avanzando en la socialización de la riqueza y los beneficios del desarrollo, en hacer colectivo lo que antes era privilegio de pocos, en recuperar para las comunidades lo que les había sido expropiado.
Ahora todo depende de la inteligencia y la capacidad creativa del PSUV. Por primera vez en la historia del país hermano, la burguesía está a la defensiva. Pero la revolución socialista en Venezuela no tiene libreto: el pensamiento bolivariano no tiene (no podía tener) el alcance anticapitalista de las rebeliones populares del siglo actual, y los modelos de socialismo del siglo XX fracasaron en su divorcio con las libertades y la democracia participativa. En estas condiciones, la obra del Partido socialista y la intelectualidad venezolana, está por construirse. Es necesario cocinar desde ya el plato fuerte, porque la elevación del bienestar social que tanto entusiasmo ha despertado en la población, es apenas el aperitivo del aperitivo de lo que sería una patria socialista en plena América del sur. El camino está lleno de obstáculos y de trampas; en cada recodo estará agazapada la conspiración interna y externa; los juegos de alianzas desbordan ya las fronteras y han convertido a Venezuela y su territorio en un campo de disputas entre las oligarquías internacionales fuertemente ancladas en Madrid, Washington, Miami y obviamente Caracas, y las fuerzas democráticas y antineoliberales que se vienen abriendo paso en toda América Latina.
Por la magnitud de los recursos que maneja el estado, por su peso en la historia latinoamericana, por su triple condición de andina, llanera y caribeña, y por ser el primer país que rompió fuegos contra el neoliberalismo en la región, Venezuela y el Chavismo han tomado el estandarte de la lucha democrática y antiimperialista en el subcontinente. La polarización que genera ese proceso político tanto interior como exteriormente, apenas expresa el carácter estratégico de los intereses que allí se juegan, nada menos que seguir siendo o no el “patio trasero” de la Casa Blanca, nada menos que la derrota de las oligarquías de la región aliadas de Washington. Además porque Venezuela no es Cuba, y ofrece un modelo político fresco y dinámico que ha sido capaz de convocar el apoyo de los otros gobiernos progresistas de Latinoamérica.
Los grandes líderes también mueren, y Chávez como todos los demás, tendrá su último día. Cualquiera sea la fecha, el desafío para el gobierno y el PSUV será enorme. Como en todo proceso, el presente tendrá qué ser reinventado, pero esta vez, de la manera que el pueblo decida y con la sabiduría que lo acompañe. Todo dependerá de la solidez y el alcance que haya logrado su proyecto liberador. El pensamiento bolivariano escrito está, el Chavismo sobrevivirá a su mentor y lo convertirá en el nuevo mito latinoamericano que gana elecciones, pero de allí en adelante, será el PSUV y los venezolanos que recién estrenan ciudadanía, los que decidirán en las calles con su “caracazo” continuado, el nuevo orden social del país hermano.

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