16 abr. 2012

Bajando de la Cumbre


Desde que el mundo latinoamericano se hizo formalmente independiente en las primeras décadas del siglo antepasado, han sido muy pocas las ocasiones en que los jefes de estado y de gobierno de toda América se han reunido en pleno. Solamente lo hicieron por primera vez en 1956 en Panamá, luego en 1967 en Punta del Este, y veintisiete años más tarde, en 1994, celebraron la llamada Primera Cumbre de las Américas en Miami, para dar inicio al más reciente capítulo de las relaciones interamericanas, el de las Cumbres presidenciales, cuyo sexto episodio tuvo lugar el pasado fin de semana en Cartagena.
Bajo la batuta de los diferentes gobiernos de los Estados Unidos, las relaciones hemisféricas, que se podrían remontar hasta 1890, se han desarrollado con altibajos siempre determinados por el mayor o menor interés que la Casa Blanca ha tenido sobre los países de América Latina, y por la funcionalidad y las potencialidades que estos ofrezcan a la política imperial de la potencia del norte. Por eso la institucionalidad desarrollada para esos efectos, la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, la Unión Panamericana, la OEA y ahora las Cumbres, sin desconocer las resistencias internas, han sido en lo fundamental instrumentos de la política latinoamericana de los EE.UU.
Para la ejecución de su política latinoamericana, como para la de las demás grandes regiones del mundo, EE.UU. se ha dotado de peones de avanzada a través de los cuales propone y organiza su juego geopolítico. Es el caso de Gran Bretaña para la hegemonía sobre Europa, Japón para el Sudeste Asiático, Israel para el Medio Oriente y para América Latina el estado colombiano. Este marco general interpretativo, ayuda a entender el papel protagónico de nuestros gobiernos nacionales en diferentes circunstancias de las relaciones externas latinoamericanas y particularmente su liderazgo dentro de la OEA y las Cumbres presidenciales. Colombia es además de Chile, el único país que ha tenido dos secretarios generales de la OEA en propiedad (Lleras y Gaviria), fue sede de la fundación de ese organismo, animador permanente y punta de lanza de las iniciativas norteamericanos en sus diferentes eventos, como las sanciones a Cuba; recibió con creces los dólares de la Alianza para el Progreso, y las inversiones y ayudas militares como las del vigente Plan Colombia.
Las deferencias de la Casa Blanca con el estado colombiano, tampoco han sido gratuitas desde luego. En la dialéctica de dar y recibir, vale entender que Colombia en el siglo XX, con la sola excepción del régimen Rojista (1953-57), no sufrió los sobresaltos autoritarios y militaristas de los otros países latinoamericanos, tuvo siempre elecciones populares, congreso y otras instituciones de la democracia liberal que le valieron su condición de ejemplo a seguir y de aliado a mostrar por los EE.UU.
La VI Cumbre de las Américas que concluyó en Cartagena, está marcando el final del último capítulo en las relaciones interamericanas, el de la Pos-guerra fría. Es claro que la primera de esas rondas celebrada en Miami, se inscribía en el mundo novedoso de la era Pos-soviética, donde la euforia liberal llenaba los escenarios internacionales y las academias anunciando el fin de la historia y el advenimiento de un nuevo rey: el mercado. “Bienvenidos al futuro” nos decía a los colombianos el entonces presidente Gaviria (1990-94), Secretario luego de la OEA mientras se realizaba la Cumbre de Miami.
Todo estaba montado para convertir a América Latina en uno de los más prósperos mercados para las inversiones norteamericanas. En junio de 1990 George Bush (padre) lanzó la Iniciativa de las Américas y entre 1989-90 las dirigencias del sistema financiero mundial y altos funcionarios de Estados Unidos formularon el Consenso de Washington. Este último es una suerte de recetario para ajustar las economías latinoamericanas a los nuevos paradigmas internacionales del capital globalizado, entre ellos las privatizaciones, minimización del estado, reducción de los déficits fiscales, desmonte del  bienestar y la seguridad social, apertura y libre comercio. De esta manera, el espíritu de Miami, como después se le llamó, no era otro que el mismo Consenso de Washington, el neoliberalismo como ruta trazada para América Latina desde la Casa Blanca en las nuevas condiciones del mundo posterior a la Guerra Fría.
En este contexto, como una ejecución de la Iniciativa de las Américas, el presidente Clinton promueve la Primera Cumbre, que se celebra en Miami para lanzar el proyecto del ALCA –Area de libre comercio de las Américas– como una extensión del ya conformado Tratado de libre comercio de América del Norte –NAFTA–. El ALCA era pues, el proyecto estratégico que iba a permitir la expansión del mercado y las inversiones norteamericanas al resto del hemisferio. Su horizonte temporal era de once años, de suerte que su entrada en vigencia se programó para 2005.
Lo que no calcularon los mandatarios en Miami 1994, fueron los estragos que la apertura económica iba a causar en las economías latinoamericanas, y menos el nuevo mapa político que ya se insinuaba en 2005, con gobiernos hostiles a Washington en Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina, dispuestos a jugar sus cartas propias alejados de la tutela de los EE.UU. El ALCA no pudo entrar en vigencia y fue archivado como proyecto estratégico en la IV Cumbre de Mar del Plata 2005, en favor de acuerdos bilaterales entre la potencia del norte y sus socios del sur, como el TLC con Colombia que entrará en vigencia el mes entrante y no el año entrante como estaba previsto, gracias a la diligencia de Santos y su aplanadora legislativa.
De esta manera, la Casa Blanca perdió con el ALCA su iniciativa más importante con relación a América Latina, mientras en las siguientes cumbres, con Obama a bordo, se ha visto abocada a tratar asuntos que le son incómodos, principalmente el de la inclusión de Cuba en el sistema interamericano. Así, EE.UU. no pudo evitar que en la agenda de la Cumbre de Cartagena se colaran asuntos antes intocables que lo ponen en contradicción con los países latinoamericanos. Hubo, por así decirlo, dos agendas: una “blanda”, estructurada con temas socioeconómicos de interés general y previsible unanimidad, entre ellos el de la pobreza, la seguridad ciudadana, la interconexión eléctrica e informática, etc., y otra “dura”, propuesta por los mandatarios de este lado del hemisferio, donde figuraban la inclusión de Cuba, la reivindicación argentina sobre las Malvinas y la revisión de la política sobre drogas. Todo lo previsto ocurrió: consenso en la agenda blanda y división en la agenda dura.
Como en todos los eventos panamericanos, el tema de Cuba ronda no solo los preámbulos sino también las conclusiones que se adoptan. La Casa Blanca ha convertido la exclusión de la Isla en un asunto de honor y de una manera anacrónica mantiene el veto a su participación contrariando la voluntad de toda América Latina. Esta exclusión sistemática, puede llegar a jugar un papel decisivo en la quiebra del nuevo sistema de las Cumbres hemisféricas pos-guerra fría, en la medida que los países del ALBA y posiblemente de la CELAC mantengan la posición de no regresar a cumbres hemisféricas sin la presencia de Cuba.
Al igual que el tema de Cuba, el del reconocimiento de la soberanía argentina sobre las islas Malvinas estableció una fractura geopolítica entre América Latina y los dos países ricos del norte: EE.UU., sólidamente aliado del Reino Unido por la historia, la cultura y la economía, y Canadá, uno de los países más fieles a su jefa de estado, la reina Isabel II del Reino Unido, potencia que ocupa las islas desde 1833. Las Malvinas son uno de los últimos bastiones coloniales de América, y a propósito del trigésimo aniversario de la guerra entre Gran Bretaña y Argentina por la soberanía sobre ese territorio, el litigio se ha reactivado y fue puesto sobre la mesa de discusión en la Cumbre presidencial de Cartagena.
El tercer tema de la agenda dura fue la revisión de la política antidrogas que aplican los gobiernos del continente. Buscaban Santos y otros presidentes abrir la discusión sobre las consecuencias nefastas del prohibicionismo a ultranza que imponen los gobiernos de EE.UU. desatando así una guerra donde la sangre y la descomposición institucional la sufren las sociedades productoras y exportadoras. El cuestionamiento a los esquemas de la política antidrogas choca no solo con las situaciones de política electoral interna en ese país, pues no debe olvidarse que desaparecida la amenaza comunista, las drogas como el terrorismo se han convertido en los nuevos demonios que se atraviesan en su “destino manifiesto”. Hay de por medio millones de dólares que disfrazados de antinarcóticos, están direccionados a reprimir la insurgencia en algunos países del Tercer Mundo. Haberle delegado a la OEA la discusión sobre la política antidrogas y la búsqueda de alternativas al problema, fue en la Cumbre de Cartagena una manera veloz de despachar el tema; el bajo perfil de ese organismo, venido a menos ante el desarrollo de la nueva institucionalidad regional, más bien puede servir para adormecer la discusión que para reactivarla. Pudo la cumbre haber nombrado una comisión de su seno y haber programado un evento continental para debatir la problemática de las drogas y asuntos conexos.
Hemos vivido así, una Cumbre presidencial de consensos muy pobres y previsibles. Los disensos estaban debidamente anunciados por las partes. EE.UU. está en proceso de pérdida de iniciativa frente a quienes han sido sus socios más inmediatos, los latinoamericanos. Los asuntos estratégicos y de trascendencia política, a diferencia de décadas pasadas, dividen menos a las naciones latinoamericanas entre ellas, que a estas con el norte rico del continente. Si no ocurren cambios imprevisibles en el corto plazo, llegará a su fin la nueva era de las relaciones interamericanas representadas en las seis cumbres desde Miami hasta Cartagena, en la cual el norte jugó su carta estratégica del neoliberalismo y el libre comercio para América Latina, mientras esta ha venido ensayando proyectos de integración regional y de resistencia a los modelos de desarrollo que se le quieren imponer. Veremos qué pasa en Panamá 2015.
Justo al terminar la cumbre, el presidente Santos y su canciller salieron a anticipar que la ausencia de declaración final conjunta no significa un fracaso del evento. En parte tienen razón, porque lo que está fracasando realmente es el entendimiento político entre América Latina y EE.UU. en el nuevo contexto pos-guerra fría de imposición del mercado contra las aspiraciones de los pueblos.
El gobierno de Colombia demostró ser entre todos los latinoamericanos el que tiene unas relaciones más fluidas con el de EE.UU., circunstancia que además de la de anfitrión, le permitió aprovechar el evento en función del tratado de libre comercio con ese país. Diferente a las primeras cumbres, el libre comercio no fue el gran tema en la agenda de Cartagena, pero Colombia como aliado preferido de la Casa Blanca estaba atrasada en la implementación de ese acuerdo y a Santos le ha tocado apretar el paso para ponerse a la altura de sus responsabilidades en la materia. En la sana lógica de las estrechas relaciones entre Colombia y EE.UU. que ya fueron descritas, el TLC entre ambos debió ser el primero en firmarse después del NAFTA, pero todos recordamos las complicaciones que tuvo el proceso de aprobación, especialmente en la era Uribe, debido a las valientes denuncias que desde aquí formulaban los defensores de derechos humanos y los sindicalistas y que algún eco lograban en el congreso y el gobierno de los EE.UU.
Santos, neoliberal, pragmático y de buena familia, ha recuperado la confianza de los demócratas estadounidenses que había perdido su antecesor. Para ello ha debido firmar compromisos y mandar a “pupitrear” leyes ajenas al interés nacional como la de derechos de autor. Obama por su parte, tampoco fue desagradecido: vigencia del TLC dentro de un mes y visa para los colombianos por diez años. Es como si al margen de la gran Cumbre de las Américas, se hubiera cumplido otra entre Obama y Santos sobre libre comercio, no propiamente en el espíritu de Cartagena sino en el espíritu de Mami 1994. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario