5 dic. 2011

Uribe, Mockus y la Izquierda -Una reflexión-


Eran los primeros años de este siglo. El gobierno de Andrés Pastrana agonizaba; el sol a sus espaldas quemaba más inclemente que nunca. El fracaso de las negociaciones con las Farc alimentaban un sentimiento de frustración colectiva y de indignación con ese grupo insurgente que defraudó los anhelos de una paz largamente esperada. La imagen de la silla vacía a la que no acudió Manuel Marulanda en el Caguán cuando el presidente Pastrana personalmente lo esperó, seguía en la mente de la mayoría de los colombianos como una afrenta a toda una nación. Era evidente para el colombiano del común que las Farc habían aprovechado la extensa zona de despeje destinada a la negociación del conflicto armado para consolidarse militarmente, ampliar la práctica del secuestro y hacerle una gambeta a la negociación política. La mano tendida había sido burlada y por lo tanto, el plato estaba servido para la opción autoritaria.
Solo se necesitaba el hombre, no necesariamente fuerte pero sí inteligente, que interpretara el momento e hiciera la jugada maestra. El pesado carro del autoritarismo había echado a andar y solo hacía falta el audaz que tomara en sus manos la cabrilla. Alvaro Uribe fue el más rápido (siempre lo había sido), pero pudo haberlo hecho Germán Vargas o Juan Manuel Santos, o un académico, o un “godo” u otro liberal de esos que habían mirado desde la barrera la corrida de toros que ocurría en los 42.000 kilómetros cuadrados del Caguán.
Ese paisa del mundo de los negocios y de la política (con minúscula) fue el que primero llegó e hizo la justa. Se subió al carro desbocado del autoritarismo y nadie más lo volvería a parar hasta ocho años después que una sentencia de la Corte Constitucional lo frenó en seco impidiéndole optar para un tercer período de gobierno.
Los hombres predestinados no existen. Solo existen los pueblos, los hombres y mujeres de carne y hueso, con sus temores, sus iras y sus amores, sus esperanzas  y sus frustraciones. Los líderes exitosos como Alvaro Uribe son aquellos que en circunstancias precisas de tiempo y espacio, se saben encuadrar dentro de las tendencias de opinión dominantes, interiorizando los sentimientos colectivos de tal forma que los convierten en su propio proyecto de vida.
En el momento de la comunión entre el líder y la comunidad que lo ha ungido, su pasado muy poco importa. No fue Uribe quien se confrontó cara a cara con el Secretariado de las Farc en los temas de la guerra y la paz; guardó prudente distancia y ni siquiera planteó abiertamente su rechazo a la negociación con la guerrilla; no apoyó la política de entendimiento con la insurgencia, pero tampoco hizo la crítica que correspondía al gobierno de Pastrana. Ya sabemos lo que pasó después: quienes le apostaron a la paz y arriesgaron su capital político en la zona de despeje pasaron a ser los despreciables “Caguaneros” que le dieron un nuevo aire a las Farc, en cambio, los que no arriesgaron y se agazaparon en los cuerpos legislativos o en el exterior, salieron después a cobrar y a subirse al bus del autoritarismo oportunista a decir que eran los enviados por la divina providencia para sacarnos de este valle de lágrimas que se llamaba  Colombia.
Las encuestas a favor del nuevo Mesías destrozaban todas las demás aspiraciones presidenciales y el camino a la Casa de Nariño se hacía recto y triunfal. A la vera del camino quedaban sepultos para muchos años los que labraron la derrota política nacional e internacional de las Farc, pues sin la experiencia de la negociación y del despeje adelantada por ellos, esa organización tendría aún autoridad para reclamar diálogo y negociación. La Seguridad Democrática uribista es la cosecha de la derrota política a las Farc propinada por el anterior gobierno con su Plan Colombia, la modernización de las Fuerzas Armadas, una relación privilegiada con Washington y aunque les moleste, el despeje del Caguán.
No hay nada qué hacer. En política siempre han salido adelante aquellos con más sentido de la oportunidad que los demás. No los que intentan imponer nuevas agendas sino aquellos que se filan de primeros en el cumplimiento de las prioridades preestablecidas.
Han transcurrido ocho años. A golpes de escándalos por corrupción, violación de derechos humanos y abusos del poder, el embrujo autoritario se está desvaneciendo entre un sector de la opinión nacional. Empieza a verse una tenue luz al final del túnel y la idea de un país distinto parece emerger; los complejos van quedando atrás para decirle al dueño de este gran Ubérrimo que no nos puede seguir gobernando a punta de miedos: miedo a las Farc, miedo a Chávez, miedo a la oposición, miedo al terrorismo, miedo al acuerdo humanitario y claro…miedo a las altas cortes y a la justicia internacional y a la paz y a los acuerdos humanitarios y a todas las “culebras” que todavía están vivas. Era con el discurso del miedo, sagazmente llamado “hecatombe”, que nos querían montar en el carrusel de otros cuatro años de lo mismo, pero afortunadamente no todas las instituciones del estado se le han arrodillado al Mesías y la Corte Constitucional hizo defender la Carta Política.
Pero no sigamos adelante sin preguntarnos cómo y por qué un grupo considerable de colombianos medianamente informados están entendiendo el tipo de abismo hacia el cual vamos como sociedad. Obvio que no ha sido el presidente Uribe ni los uribistas de ninguna vertiente los que han lanzado una cruzada moralizadora ni de denuncia del delito. Todo lo contrario. El presidente ha encabezado la cruzada pero de la impunidad, enfrentándose  a lo largo de sus dos mandatos contra todas las instituciones judiciales, los líderes de oposición, periodistas investigadores y académicos que se han atrevido a denunciar la podredumbre que lo ronda. Otro grupo de “francotiradores” le hacen la segunda: Joseobdulios de diferentes jerarquías disparan desde otros “palacios” contra todos los que contradigan al Mesías.
¿Y por qué entonces, empieza a agrietarse la cruzada de la impunidad? Digámoslo de una vez: tampoco es porque Antanas Mockus y los Verdes hubieran mantenido en alto las banderas de la ética ciudadana y el civismo contra el designio de los depredadores y los criminales durante estos ocho años. Mientras la oposición democrática se batía en el congreso y otros escenarios contra los parapolíticos y demás delincuentes uribistas, Mockus y Cía. resolvían ecuaciones. Subirse al bus que es y en el momento preciso, es un mérito político indiscutible (Uribe lo tuvo es su momento), pero la verdadera autoridad moral se deriva de la constancia en la lucha por las causas justas.
La inmoralidad e impunidad uribistas están agrietadas por una sola y simple razón: porque en este país, con altibajos e inconsecuencias o no, ha habido oposición política; porque ha habido guerreros de los que no claudican, de los que arriesgan, gastan y se desgastan hasta caer extenuados en los últimos lugares de las encuestas de opinión. No podrían tener los mayores índices de favorabilidad aquellos que gastaron todo su prestigio (“capital político” suele decirse) en una lucha cotidiana y desigual contra un adversario desleal que aprovechó los recursos del estado para calumniar y hacer la guerra sucia contra ellos. El presidente, que según el artículo 188 de la Constitución “simboliza la unidad nacional”, públicamente estigmatizó a la oposición y a sus jefes; los llamó “terroristas de civil”, “apátridas”, “amigos de las Farc”; iguales adjetivos iban y venían para magistrados de las altas cortes cuando no se dejaron manipular, para periodistas independientes (Semana y Cambio mientras existió) cuando le destaparon los delitos de su entorno, y para académicos independientes que investigaron lo que el uribismo quería mantener oculto. El hostigamiento no fue solo verbal sino también físico y sicológico a través del DAS, entidad presidencial destinada al trabajo sucio contra la oposición, incluída la coautoría con los paramilitares de asesinatos a sindicalistas.
La oposición fue el oficio durante ocho años de los amarillos y los rojos; los verdes en cambio enseñaban a gobernar ciudades (para lo cual sí tienen autoridad) en importantes eventos internacionales. Mientras estos últimos cultivaban la academia (menos Fajardo que tiene vocación de caminante) y no hacían “ni uribismo ni antiuribismo”, la oposición se batía en los campos de batalla de la parapolítica, la yidispolítica, Carimagua, agro ingreso seguro, las zonas francas de los hermanitos empresarios Uribe Moreno, los “falsos positivos”, el incidente Tasmania, las bases militares gringas, el TLC, la feria de notarías, las narcovisitas por el sótano a la Casa de Nari, el referendo reeleccionista, los delitos del DAS y otros tantos, donde una opinión pública enardecida por el verbo presidencial hacía su linchamiento una y otra vez.
El por qué la oposición, a través de sus dos estructuras partidistas más representativas, el Polo Democrático y el Partido Liberal, no logran capitalizar los frutos de su lucha contra la corrupción y el delito, es problema solamente de esos dos partidos políticos y no de Mockus ni de los Verdes. Pero sí es muy importante, ya que el tema de la ética tiende a  volverse importante en esta campaña presidencial, ajustar a los candidatos y a los partidos a sus proporciones reales. Los Verdes no pueden, sin faltar a la verdad, monopolizar el discurso de la anticorrupción. Nadie le puede negar a Mockus el mérito de haber pedido la renuncia a Uribe en una columna de prensa cuando el escándalo de la Yidispolítica, pero la oposición la pidió todos los días por todos los escándalos. Cuando las críticas y exigencias a un gobierno vienen de la oposición los medios las ignoran porque son moneda corriente, pero cuando vienen de un hombre cercano al régimen se convierten en gran noticia. Eso fue todo lo que ocurrió.
El uribismo logró en sus dos turnos presidenciales reducir a la oposición y principalmente al Polo a una fuerza marginal. La travesía de ocho años por el oscuro sendero de los miedos, “derechizó” a la sociedad colombiana en forma alarmante: pocas veces una sociedad como la nuestra había estado tan dispuesta a defender su propia miseria física y moral. La derrota electoral de la izquierda a la que estamos asistiendo, redondea la faena de la derecha mafiosa en Colombia. La tenue luz que se vislumbra solo podrá llevarnos fuera del túnel si carga sus nuevas baterías con un programa democrático de equidad social y universalización de derechos sociales como el acceso de los pobres a la tierra urbana y rural, al empleo, la salud, el agua potable, la educación y el crédito. Porque la equidad social es la única vía hacia la paz y la única que no se ha intentado en Colombia. Los Verdes tampoco se comprometen con ella y por lo tanto si alcanzaran la Casa de Nariño, más temprano que tarde terminarían en la opción autoritaria.
La encrucijada social entonces, está en la derrota de los miedos que siguen predominando en las mentes de los colombianos, ante todo el miedo a la izquierda democrática, que tiene a los ciudadanos presos en el círculo vicioso que los lleva de la derecha a la derecha pasando por todos sus matices más o menos bárbaros y más o menos civilistas. Los resultados de los dos períodos de Uribe, finalmente no están en los nuevos indicadores de seguridad y su cascada de cifras; mucho menos en logros sociales y democráticos. El logro fundamental de ese liderazgo está en las mentes de los ciudadanos; en la consolidación autocomplaciente de sus miedos que los llevan a mirar como algo normal y hasta necesario los graves delitos imputables al entorno más intimo del presidente como los perpetrados por el DAS.
Las tareas de la Izquierda hoy en Colombia, organizada como quiera y en los partidos que quiera, solo circunstancialmente pasan por la toma del poder en el sentido clásico y convencional del término. El campo de batalla al que está retada se encuentra en los cerebros de las gentes y los fantasmas que los habitan. Una izquierda que no entiende ese problema, se ha convertido de la mejor buena fé en una izquierda electorera, cuyo hacer cotidiano sigue amarrado a los parámetros de la política convencional, diseñada no para transformar nada sino para ganar elecciones. Definitivamente el mayor problema que viene afrontando la Izquierda de nuestros tiempos, es el de la forma de hacer política.
Nos esperan otros cuatro años de lo mismo. Santos entrará a la Casa de Nari el 7 de agosto y los matemáticos volverán a sus universidades y sus eventos académicos. Uno que otro incluso colaborará con el gobierno luego de advertirnos que lo hace a título meramente “personal” o con un criterio meramente “técnico”. En la otra orilla al contrario, solos, desarropados y a punto de congelarse como los ejércitos de Bolívar cruzando el páramo de Pisba, únicamente el Polo y lo que quede del partido Liberal seguirán en pié. Pero la buena noticia es que seguirá habiendo oposición; que no desaparecerán los jueces con entereza moral, periodistas y académicos valientes e independientes, ciudadanos pacientes aunque impotentes pero no complacientes con el delito, y que la tenue luz que se alcanza a ver puede conducirnos ahora sí al final del túnel.
La autoridad moral necesaria para sacar a la sociedad de esta larga noche de ocho años, no la tienen quienes esperaron la aurora para combatir, sino quienes se arriesgaron en la oscuridad. Ya lo había dicho el poeta Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.
Abril 18/10

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