5 dic. 2011

Egipto


Pocas veces habíamos podido seguir tan de cerca un conflicto político de grandes proporciones como el que se libra en las calles de las ciudades Egipcias. Casi en tiempo real la televisión, internet y la radio nos proveen las imágenes, sonidos y análisis de la contienda hasta ahora más significativa entre el pueblo Arabe y las dictaduras corruptas que lo oprimen.
El imaginario que sobre Egipto predomina en nuestro medio es uno de los más bonitos que tenemos arraigado desde los años de escuela básica. Aunque no todo tiempo pasado fue mejor, por lo menos aprendimos desde entonces a asociar el sonoro nombre de ese país con el desierto y sus oasis, los sedientos camellos, los opulentos faraones y las monumentales pirámides. Un país fantástico que hoy día deriva del turismo parte considerable de su renta nacional. Un país más fantástico ahora que su conflicto y las pantallas de los medios de comunicación nos capturan y nos ponen mentalmente detrás de las barricadas, al lado de esas gentes por décadas desposeídas y dispuestas a morir en la intemperie sobre el pavimento de una plaza.
Sería imposible entender la historia de ese pueblo si no lo ubicamos en el mapa y empezamos a analizar su estructura física, sus recursos, su vecindario y sobre todo los desafíos que le significa pertenecer al hervidero del Medio Oriente, región también denominada “de los cinco mares”, en referencia al Mediterráneo, el Negro, el Caspio, el Rojo y el Arábigo. Son también cinco milenios de historia sobre esa compleja geografía, principalmente sobre el valle del Nilo, donde se han desarrollado civilizaciones cuyos frutos ha cosechado la humanidad entera.
Desde que se convirtió en estado moderno, hacia 1805, su viabilidad como nación ha sido disputada contra el imperio Británico, el colonialismo Francés y el estado de Israel. Su situación geográfica, por sí misma privilegiada, fue potenciada política y económicamente a su máximo nivel con la construcción del canal de Suez entre 1859 y 1869, lo que acortó ostensiblemente las rutas marítimas entre la Europa industrializada y el sur y sudeste del continente Asiático. El nuevo canal significaba más fácil acceso de Gran Bretaña y Francia, los dos hegemones de la época, a sus colonias en el mundo Arabe, el Indico y el Pacífico Asiático, mayor eficiencia para la explotación comercial y un mejor posicionamiento para competir con las otras potencias por la repartición del mundo que condujo a la primera guerra mundial de 1914-1918. Decenas de miles de campesinos egipcios fueron llevados por la fuerza a trabajar en zonas inhóspitas en la apertura de esa vía para unir los mares Mediterráneo al norte y Rojo al sur; fue una década de sangre, sudor y lágrimas para un pueblo que siglos antes ya había construido gigantescas pirámides y domesticado el Nilo, el segundo río más largo del mundo después del Amazonas. Egipto es pues, una gran obra pública que demoró muchos siglos en construirse; es la obra maestra de un pueblo que invirtió en ella el esfuerzo de muchas generaciones, y la actual parece tener una responsabilidad no menor que las anteriores: barrer una dictadura oprobiosa que bloquea desde hace treinta años sus mejores proyectos.
Pero el canal atrajo también la codicia de las potencias mundiales y en adelante Egipto tuvo qué rechazar múltiples intervenciones extranjeras para defender su territorio y su soberanía. La obra fue construida y entregada en concesión al francés Ferdinand de Lesseps, el mismo que años más tarde intentara sin éxito construir antes que los gringos el canal de Panamá sobre territorio que en ese momento era colombiano. Así, el canal de Suez y su operación quedó en manos de accionistas mayoritariamente franceses y el país con una enorme deuda pública que solo pudo pagar vendiendo las acciones que le correspondieron. Hacia 1875 mediante maniobras financieras Gran Bretaña se hace al control del canal y en 1882 establece un protectorado sobre el país que se prolonga hasta 1922 cuando este declara su segunda independencia.
La ingerencia británica continuó en el período de entreguerras hasta el golpe de estado que un grupo de militares agrupados en el Movimiento de Oficiales Libres asesta en 1952 contra el pro-occidental rey Faruk I y, en 1956 logra instalar en el poder a Gamal Abdel Nasser, la figura política egipcia más relevante del siglo XX. Ese mismo año Nasser, en respuesta a la negativa de EE.UU. y Gran Bretaña a financiar la construcción de la presa alta de Asuán para controlar los desbordamientos del Nilo y generar la mitad de la energía eléctrica del país, decreta la nacionalización del canal de Suez que es respondida con la invasión militar conjunta de Gran Bretaña, Francia e Israel. Egipto en represalia hundió 40 barcos que bloquearon por completo el tránsito y solo el año siguiente se reabrió la vía con la mediación de la ONU. Los europeos salieron derrotados, la presa se construyó con financiación Soviética y Nasser quedó convertido en líder indiscutido de las naciones Arabes y Afroasiáticas que luchaban contra los restos del colonialismo.
Nasser brilló en la política internacional como dirigente del movimiento de los No Alineados al lado del mariscal Tito, presidente de Yugoslavia, y Jahwajarlal Nehru, primer ministro de la India; tres grandes conductores que alzaron sus voces contra las dos superpotencias de la guerra fría, renegaron de sus bloques militares y abogaron por la autodeterminación de las naciones que ya empezaban a configurar el llamado “Tercer Mundo”. El prestigio del gobierno egipcio derivado de la crisis de Suez de 1956 dio un fuerte impulso a la doctrina del Panarabismo; los pueblos Arabes percibieron la hora de su reivindicación histórica; el Egipto de Nasser y Siria se unificaron entre 1958 y 1961 conformando la República Arabe Unida, experimento que intentó la construcción de un estado que unificara a tales pueblos dispersos en Asia y Africa.
El Nasserismo quedó duramente golpeado después de la Guerra de los Seis Días, 1967, cuando el ejército Israelí derrotó a las fuerzas conjuntas de Jordania, Siria y Egipto. Jordania perdió a Cisjordania y Jerusalén oriental, Siria perdió los Altos del Golán y Egipto la Franja de Gaza y la península del Sinaí, que recuperó mediante las negociaciones de 1979.
Tras la muerte de Nasser en 1970, asumió Anwar el-Sadat, quien en principio continuó los postulados de su antecesor; desató con Siria la guerra de Yom Kippur en 1973 contra Israel en un intento fallido de revertir la derrota de 1967, luego de lo cual moderó su postura respecto a ese país, desvinculó la política egipcia de la estrecha amistad que tuvo con la Unión Soviética, adoptó el liberalismo económico, reconoció al estado de Israel a través de los acuerdos de Camp David en 1979 bajo el auspicio de la Casa Blanca y empezó a recibir creciente ayuda militar de EE.UU., poniendo a Egipto a jugar un nuevo papel en la geopolítica del Medio Oriente como aliado más importante de Occidente, árbitro de los conflictos más importantes de esa región y sobre todo, talanquera a la expansión de la influencia Islámica tanto interna como externa a ese país. En estas circunstancias, para la causa Arabe en general y para los Islamistas en particular, Sadat llegó a significar no otra cosa que la traición. Fue asesinado por militares Islámicos en pleno desfile militar en 1981.
Tras el asesinato de Sadat, asumió el poder pocos días después Hosni Mubarak, quien hasta hoy lo ejerce, continuando las políticas y el alineamiento internacional de su antecesor. Han sido treinta años de gobierno tras cinco reelecciones consecutivas sin competidor al frente, con una oposición perseguida y un régimen corrupto que ha profundizado la pobreza y la exclusión de las grandes mayorías ciudadanas. Este es el perfil general del gobierno Egipcio cuya buena conducta ha merecido los premios de las potencias occidentales, representados basicamente en armamentos modernos.
Con las particularidades obvias el patrón social, político y económico de la sociedad egipcia, es común a la mayoría de los países Arabes: en el Magreb, el norte de Africa y Oriente Medio, de la mano de los gobiernos Estadounidenses se han instalado en las últimas décadas autoritarismos corruptos que al mismo tiempo salvaguardan los intereses imperiales sobre esa zona, principalmente los petroleros, y excluyen de los beneficios económicos a las grandes mayorías dentro de sus países. La rebelión de esos pueblos contra sus dictaduras, por democracia y condiciones dignas de vida, pone contra la pared a la política exterior de EE.UU. y sus aliados Europeos, siempre complacientes con regímenes antipopulares y represivos que a cambio, mantienen a raya los enemigos estratégicos del imperio, para el caso, los Islamistas radicales y el fantasma de Al Qaeda. No nos equivocamos pues, si hablamos de un intercambio de favores: Los norteamericanos aportan la protección política y militar; los gobiernos del área a cambio permiten acceso privilegiado a los yacimientos, las refinerías y las rutas, y aplican la represión necesaria a quienes puedan amenazar el orden nacional o internacional, de tal manera que reprimir se convierte en hacer bien la tarea que les corresponde.
Lo anterior explica la incoherencia de la administración Obama frente a la crisis. Ante la evidencia de la ilegitimidad del régimen de Mubarak, no se atreve a extenderle un respaldo, pero tampoco le pide su dimisión sino que proceda a ejecutar en los siete meses que le restan un paquete de reformas que son las que debió hacer en tres décadas y hubiera evitado la crisis que estalló en sus manos; la táctica no es otra que la de ganar tiempo para enfriar la revuelta y lograr una manipulación de la transición que le resulte favorable. Pero ese aplazamiento de la caída de Mubarak podría significar también, más tiempo para que madure el descontento en los otros países Arabes y los alzamientos se extiendan hacia regiones más amplias, con los peligros que ello podría significar para la geopolítica estadounidense en la región, valga decir, un resurgir del Panarabismo y/o un nuevo aire para los grupos Islámicos radicales dentro de esas naciones.
Los intereses son numerosos y complejos. Proteger al peón de brega en la región, Israel; mantener el libre acceso a la mayor riqueza petrolera del planeta; preservar las rutas para ese suministro (canal de Suez); cuidar las numerosas bases militares instaladas en el área; disuadir a Irán y controlar a través de los gobiernos amigos a todos los grupos políticos y sectores de la población que la opinión internacional considera bases de apoyo del terrorismo antioccidental. Es un haz de intereses por los cuales EE.UU. se juega a fondo, de la manera que sabe hacerlo, como lo ha hecho historicamente: supeditando los medios a sus fines, haciendo la guerra preventiva, practicando violaciones a los derechos humanos, aliándose con gobernantes locales corruptos.
La actual rebelión de los pueblos Arabes contra sus gobiernos, transmitidas en vivo y en directo, están destapando entre muchas cosas, el juego de la superpotencia mundial en el área más conflictiva del planeta, justamente donde confluyen, al decir de Halford Mackinder (1861-1947), los imperios terrestres con los imperios marítimos a través de la historia, los pueblos nómadas con los pueblos navegantes, el transporte terrestre a caballo y camello con el transporte en embarcaciones marítimas; en fin, la región donde es más agudo el choque de culturas en la era de la globalización. Lo que denominamos el Oriente Medio es indudablemente una frontera donde dos mundos se estrujan el uno contra el otro sin lograr construir un lenguaje que por fin los comunique y los pacifique. Ese lenguaje nunca podrá ser el de la agresión, la exclusión y las guerras. Los pueblos y naciones del Medio Oriente lo que necesitan es autonomía y no ingerencia de terceros para construir paz y justicia social.
Feb. 8/11

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