5 dic. 2011

Colombia y Venezuela – Postores y jugadores


No era capaz el presidente Uribe de despedirse de la Casa de Nariño sin sacarse el clavo; por lo menos uno de tantos que lo han atormentado desde  años recientes. Porque si analizamos lo que fue su talante de jefe de gobierno durante ocho años podemos ver que sacarse clavos fue su inocultable obsesión desde que recibió el mando de su antecesor. Gobernó al país como toda una auténtica víctima del conflicto armado interno, con la misma mentalidad con  la que ya había gobernado a Antioquia, la mentalidad de quien tiene la misión de saldar deudas: las del vil asesinato de su padre a manos de las Farc; las de la Izquierda Democrática, para Él una extensión de esa guerrilla; las de los tribunales de justicia, para Él una extensión de las dos anteriores; las de sus contradictores incluso ocasionales; y en los últimos años, las del régimen Chavista, para Él una especie de dirección internacional del complot. De suerte que son muchos los que le quedarán debiendo porque se irá con la nostalgia de la otra reelección que pudo haber sido pero no fue.
Pero si el presidente Uribe fue exitoso en lo interno, ha sido errático y desafortunado en el plano externo. Sacarse el clavo de los ataques del gobierno vecino, exhibiendo unas pruebas trasnochadas de la presencia de dirigentes Farianos o Elenos 25 kilómetros más allá de la frontera, no pasa de ser un “embuchado” cuando su ministro de Defensa dice saber desde hace tiempo en qué lugar exacto del territorio colombiano se encuentra el propio Alfonso Cano, y no ha podido ni capturarlo ni darle de baja. El presidente saliente nunca entendió el problema de la relación con Venezuela y mucho menos el proyecto Bolivariano, por lo que dio siempre palos de ciego y terminó desbaratándole a Juan Manuel Santos su propósito de sentar a Hugo Chávez en la ceremonia de su posesión y normalizar en el corto plazo el flujo normal del comercio fronterizo. Hubiera sido el moño a la “unidad nacional” que el presidente electo ha venido construyendo desde su triunfo en la primera vuelta.
El proyecto de la revolución Bolivariana hace parte de la rebelión de los pueblos latinoamericanos contra el modelo neoliberal, pero su recurrente utilización fuera de contexto del pensamiento del libertador de nuestras cinco repúblicas, y su inclinación militarista, la han desviado de sus propósitos democráticos y la están haciendo caer en un “estado de opinión” a la Venezolana, donde el ejecutivo se apoya en las mayorías para abusar del poder en contra de la oposición.
No obstante, los ciudadanos colombianos, especialmente los de mayor edad, no somos ajenos al Bolivarianismo. La vida del libertador, sus gestas y sus ideas, hacían parte fundamental de la enseñanza escolar en las décadas pasadas. La idea de unidad de las cinco repúblicas bolivarianas estaba siempre presente en los textos de estudio y la obra del libertador siempre la aprendíamos como ejemplo de patriotismo; era una lección infaltable y su carácter ejemplarizante siempre estaba subrayado. Las esculturas y una extensa toponimia hacían el resto para resaltar el culto a esa personalidad intimamente ligada al ser nacional.
Un bolivarianismo etéreo era quizá lo único útil que nos quedaba de las aburridoras lecciones de historia y geografía escolar, así saliéramos ignorando el despojo de Panamá, la guerra con el Perú o los conflictos limítrofes con nuestros queridos vecinos. Las asignaturas de “sociales” no nos hacían universales, pero de Bolívar por lo menos aprendíamos que había liberado a nuestras cinco repúblicas y convocaba cierto sentimiento de gratitud histórico-espiritual.
Como la enseñanza que recibimos no estaba asociada a proyecto de nación alguno, y mucho menos a construir un lugar y una identidad propia en el contexto internacional, tuvimos que esperar a que un coronel Venezolano de estirpe rebelde asumiera el poder y nos advirtiera a todos que era paisano del libertador y que las oligarquías del vecindario debían atenerse a las consecuencias. Ya instalado Hugo Chávez en el palacio de Miraflores, el Bolivarianismo colombiano quedó como lo que era: un saludo a la bandera sin entusiasmo alguno ni consecuencias políticas ni prácticas, una pieza más de la educación escolar decadente que las élites ofrecen para disciplinar fuerza de trabajo (por si hay).
Entre tanto, cosa distinta ocurría en Venezuela con el Bolivarianismo. Otra élite, con fuerte arraigo en los cuarteles, tomó piezas del pensamiento del libertador, especialmente su antiimperialismo intuitivo, y las incorporó a su rebelión contra una oligarquía corrupta que apenas ahora asimila su derrota.
Estas dos versiones del ideario de Bolívar, la una reverentemente oportunista y la otra operativa, instrumento de un proyecto hegemónico, están en la superficie del conflicto que hoy exacerbado, transita entre el segundo gobierno de Uribe y el primero de Santos. Porque el asunto de fondo, lo planteó al menos teóricamente el mentor más importante de la Geopolítica estadounidense de la segunda mitad del pasado siglo, además gran precursor del realismo político Nicolás Spykman, quien clasificó a los estados del mundo en dos categorías fundamentales: los estados jugadores y los postores, siendo los primeros aquellos que se disputan la hegemonía en las relaciones internacionales, existen por su propia fortaleza y propios recursos, son protagonistas en sus propias políticas de alianzas y, valga la redundancia, hacen su propio juego en la política de poder.
De otro lado, decía ese estratega, los estados postores son aquellos que no existen por su propio poderío sino por la protección que otros les brindan; y tal protección ocurre a cambio de lo que ponen, que suele ser sus recursos, sus ejércitos o sus territorios, o todo al mismo tiempo. Agregaba que los postores eran de esa manera, pesas en la balanza que definía los equilibrios de poder, en otras palabras, simples objetos del juego ajeno por las hegemonías.
Pasar de una categoría a otra, pasar de ser postor a jugador en la política internacional implica primero que todo, formular un proyecto de convivencia internacional, un orden específico que supone determinados equilibrios. Luego de formulada la doctrina Monroe en 1823, todo intento de jugar en la política internacional en forma independiente por parte de cualquier país de América Latina, constituye una subversión del orden regional estadounidense. Eso es lo que notifica la mencionada doctrina aún en plena vigencia. Desde entonces, a los estados latinoamericanos se les señaló el destino de la protección estadounidense a cambio de sus recursos y su soberanía.
En la última década hemos asistido a un nuevo grito de independencia, todavía tímido, de la mayoría de países latinoamericanos que reivindican su derecho a organizar sus economías por sí mismos sin deberle por ello nada al gran jugador geopolítico americano, lo que se ha expresado en la crisis de la OEA, el despunte de otros organismos regionales sin la tutela de Estados Unidos, la ampliación del abanico de alianzas internacionales y la desorientación de la política norteamericana respecto a la región. En ese proceso de distanciamiento quien ha ido más lejos es el estado venezolano encabezado por Hugo Chávez, dotado de mejores recursos y con un proyecto transnacional que legitima en la memoria del libertador Simón Bolívar.
En últimas, el activismo internacional del gobierno de Chávez, es la lucha por dejar de ser un postor y convertirse en un jugador de la política internacional, objetivo solo alcanzable a costa del liderazgo de la Casa Blanca. El conflicto de los últimos años entre los regímenes Chavista y Uribista, es la expresión regional de la confrontación entre un actor con vocación de jugador y otro que se atornilla a su condición de postor histórico de la potencia del norte. El Plan Colombia con sus ampliaciones y más recientemente la instalación de las bases militares para disuadir a Venezuela, sin que a cambio reciba el estado colombiano la aprobación legislativa del ya empolvado Tratado de Libre Comercio, han reforzado aún más la tradición de incondicionalidad colombiana frente a las aspiraciones imperiales y con ella, la desconfianza de los otros estados del área que marchan en contravía de la conducta del gobierno de Bogotá.
El proyecto hegemónico de los Estados Unidos, siguiendo a Spykman, se apoyó en peones de brega para ejercer el control sobre las diferentes áreas en que era indispensable mantener equilibrios: Gran Bretaña para mediar su política Europea y Japón para viabilizar su control en el Asia-Pacífico. Pues bien, si ese pensador hubiera sobrevivido después de 1943, habría agregado a Israel como peón de brega para la política sobre el Medio Oriente y a Colombia para la política latinoamericana. Ese papel colombiano fue particularmente bien desempeñado en los momentos de mayor agudización de la Guerra Fría, cuando el anticomunismo decidido no impidió a los gobiernos del Frente Nacional exhibir la práctica de las formas democráticas liberales como la periodicidad electoral, la ausencia de dictaduras, la separación de poderes y el parlamentarismo, méritos que le fueron premiados entre otras cosas, con las inversiones sociales de la Alianza para el Progreso. Colombia era para USA un aliado para mostrar y por ello estaba en la vitrina de sus “siete maravillas”.
Cosa distinta ha venido ocurriendo después del Frente Nacional. El peón de brega ha tenido múltiples altibajos. Durante el gobierno de Samper no fue un aliado para mostrar sino para ocultar, y en los cuatrenios de Uribe, un aliado incómodo con Yidispolíticas, Parapolíticas, “falsos positivos”, saldo en rojo en derechos humanos, corrupción galopante, narcotráfico y otras máculas que deberían ser la vergüenza ajena de la Casa Blanca. Quizá por ello la concesión para las bases militares no haya resultado suficiente para destrabar la aprobación del TLC.
El camino del unilateralismo que tomó la política exterior de Uribe, además de las concesiones no recíprocas a la potencia del norte, solo pueden llevar a profundizar más aún las desconfianzas de los países hermanos. La sola apertura del estado colombiano hacia otras potencias y otras áreas de influencia, lograría más en la distensión con Venezuela que la presencia de su mandatario en la ceremonia de posesión de Santos. Cualquier gesto de independencia respecto a los dictados del hegemón puede significar un refresco para las relaciones colombianas con los demás países del área. Solo sobre una base de distensión será posible para el estado colombiano un eventual pacto de normalización diplomática que permita renegociar la convivencia con el proyecto del vecino.
Está por verse qué tanto de protocolarias tenían las visitas y contactos internacionales de Santos antes de posesionarse. Lo cierto es que pocas veces el país había estado tan mal parado en ese frente: atornillado a su vocación de postor en la Geopolítica mundial y regional; mal reputado ante su potencia protectora, hoy gobernada por Demócratas; y asediado por vecinos hostiles que le reprochan su entreguismo. Es un verdadero “sandwich” al que nos llevó un régimen que se jugó todo en ajustar cuentas con enemigos internos (supuestos y reales), pero que no entendió lo que ocurría más allá de las fronteras, ni siquiera en la más próxima a Bogotá.
Julio 20/10

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