5 dic. 2011

Balance de la primera vuelta -Primeros interrogantes-


Dificilmente le pudo ir mejor a Juan Manuel Santos en la primera ronda de las elecciones a la presidencia de Colombia, al obtener más del doble de la votación de su competidor inmediato y haber estado próximo a un triunfo anticipado. Por poco redondea la faena y nos deja sin segunda vuelta. Lo único bueno es que ya con la presidencia en el bolsillo, el uribe-santismo no tendrá necesidad de tulas con dinero ni de tanto manoseo a Familias en Acción para estos últimos días.
Los medios de comunicación tendrían tema para rato si no fuera porque la segunda vuelta tendrá lugar en escasos días y la prioridad se volcará hacia la narración de la parte final de la competencia, aunque la emotividad y el juego de expectativas hayan quedado atrás.
El uribismo ha despejado su panorama y se dispone a un nuevo cuatrenio en cabeza de su hombre de mayor confianza. Serán años tormentosos y así parece entenderlo el mismo Juan Manuel cuando en su discurso de la victoria anuncia un gobierno de unidad nacional al que convoca incluso a su más claro opositor, el excandidato Gustavo Petro.
La campaña tuvo una dinámica mediática particular que obviamente incidió en los resultados finales. Igual que en todos los países, la política en Colombia y particularmente la competencia electoral, ha sido capturada por los medios de comunicación masiva, por sus lógicas, sus métodos y criterios. Solamente en la parte final los canales televisivos dieron amplio despliegue al debate programático, porque en las primeras semanas casi todo el cubrimiento se redujo a las encuestas de intención de voto y a cierta “farándula” política que poco orientaba pero sí lograba mover índices de preferencias por algunos candidatos.
El debate programático propiamente dicho, posterior a las manipulaciones estadísticas, produjo tres efectos que se reflejaron en los resultados finales:
1. La reducción del índice de preferencia popular por Antanas Mockus, candidato del partido Verde. Su deficiente desempeño en los debates y en las declaraciones públicas, que la mayoría atribuyen a su estructura intelectual y sicológica, se deriva principalmente de las características de liviandad del programa que defiende y de la heterogeneidad del grupo de sus copartidarios y asesores inmediatos. Con ese tipo de deficiencias estructurales, cualquier candidato de esa agrupación se hubiera rajado ante la opinión pública más informada.
2. El ascenso del índice de preferencia de Germán Vargas Lleras, candidato de Cambio Radical, cuya coherencia y claridad en las discusiones y declaraciones, le atrajeron un importante sector de electores que lo lanzaron al tercer puesto en la votación definitiva. Vargas quedó como el candidato mejor posicionado para negociar con Santos y seguramente se instalará con privilegio en el próximo poder ejecutivo.
3. El ascenso también de Gustavo Petro al cuarto lugar casi igualado con Vargas Lleras. Un sector del electorado antes apático, se entusiasmó con su brillante desempeño en los medios y su bien fundamentada oposición al uribe-santismo. El caso de Petro y el Polo merecerían capítulo aparte del análisis, si atendemos al propósito de Uribe de aniquilar moral y politicamente a la Izquierda Democrática durante sus dos mandatos y, a la condición de “enemigo principal” que le dio la campaña de Santos en su primera fase.
El resultado electoral de Noemí Sanín era previsible desde la consulta conservadora cuando quedó frente a frente con Andrés Felipe Arias “Uribito”. El partido Conservador desde 2002 delegó su liderazgo en Alvaro Uribe a cambio de importantes cuotas burocráticas y presupuestales. A pesar del esfuerzo del Pastranismo por rescatarle su condición de independiente y de histórico, tanto sus abuelos como sus “uribitos prodigio” se aferran a sus privilegios centenarios de partido “co” o gobernante. Al quedar su aparato partidista en manos de una candidata reticente a su Jefe en funciones, que los ponía en el riesgo de caer al asfalto de la oposición, corrieron en estampida hacia el paraguas uribe-santista dejando a Noemí desamparada de maquinaria y sin bases de apoyo político. Fue tan lánguida su votación como su desempeño y poco o nada tiene para poner en la segunda vuelta.
Al contrario de Noemí, Rafael Pardo tuvo un papel destacado en el debate programático, lo que reclama una interpretación más compleja de su escasa votación, más aún cuando dos meses y medio antes el partido Liberal había conquistado una importante bancada de congresistas. El electorado liberal, disperso a lo largo del país, es también disperso políticamente, integrado en lo fundamental por rezagos del viejo clientelismo de región y de municipio, atado por lealtades a líderes de otras épocas que ya no se encarnan en los del siglo XXI. Ese tipo de electorado es funcional a certámenes electorales de circunscripción municipal o incluso regional, pero difícil de movilizar cuando el discurso que los convoca es nacional y modernizante como fue el de Pardo.
Después de este vistazo obligado al desempeño de los candidatos, volvamos la mirada hacia el país, que hoy lunes 31 de mayo amaneció siendo el mismo de la seguridad “democrática” al servicio de la confianza inversionista. El electorado le creyó como en todos estos ocho años al presidente Uribe y rechazó a la izquierda y al centro antipolítico.
Para la izquierda democrática, especialmente después de los pobres resultados en las elecciones del 14 de marzo, representada por un candidato lleno de detractores dentro de su propio partido, y que además recibió de frente la ola de guerra sucia durante ocho años de uribismo, su objetivo en la campaña presidencial no podía ir más allá de su supervivencia. Con el 9% de la votación total, el Polo Democrático superó el umbral financiero del 4%, sobrepasó a los dos partidos tradicionales, y alcanzó a mantenerse como partido de oposición por lo menos para el cuatrenio que viene. Parece pues, que el Polo hubiera pasado la prueba de hacer oposición y no morir en el intento.
Después de un comienzo equívoco, donde el candidato intentó salirse con la suya corriéndose hacia el centro, rápidamente entendió –y Mockus le ayudó en ello– cuál debía ser su discurso, cuál su espacio político, cuáles sus aliados y sus adversarios. De esa manera Petro terminó reconciliado con su partido y recuperando puntos de favorabilidad que había envolatado en sus divagaciones iniciales. Los debates televisados fueron para Él la hora del vivir o morir; y prefirió lo primero marcando diferencias con todos los uribismos abiertos y matizados, en defensa de la soberanía nacional, la justicia social, la seguridad alimentaria y los derechos consagrados en la Constitución de 1991.
Un millón trescientos mil votos es muy poco para enfrentar la aplanadora uribe-santista gobernante. La prueba que acaba de superar el Polo es crucial, pero la conspiración de estado no parará y nuevos retos están a la vista, como derrotar el canibalismo interior que le negó al candidato importantes apoyos de algunos de sus propios seguidores.
El más notable de todos los derrotados fue el partido Verde de los exalcaldes, pero su paso a la segunda vuelta les mantiene el protagonismo durante tres semanas más. Todo en el desarrollo de los verdes ha sido y es tema de interrogantes; interrogantes que poco a poco van resolviendo, y al mismo tiempo van rectificando. Como han quedado las apuestas, al día de hoy nuestro principal interrogante es por su quehacer después del 20 de junio; quisiéramos saber si van a hacer oposición al uribe-santismo inmediatamente, o si la harán después del 7 de agosto, o si participarán en el gobierno de unidad nacional de entonces. No se trata de preguntas necias. Se trata de asuntos que definirán mi voto, “inútil” como siempre ha sido, o por ustedes o en blanco.
Además tampoco son preguntas que sobren porque, uno de los componentes del ideario verde ha sido la “antipolítica”: esa práctica política prima-hermana del “pensamiento único”, “el fin de la historia” y “el fin de las ideologías”, que pretende hacer la política sin utilizar su “sucio” lenguaje, sustraerla de la lucha de clases y de todo conflicto social (cosa que solo puede ocurrir en sus propios cerebros), y sobre todo, renegar de la política como oficio. Esa antipolítica suele hacerse por políticos “golondrinos” que van y vienen con las estaciones, que no se contaminan en la cotidianidad de las alianzas, las oposiciones, los debates ni las defensas apasionadas de sus tesis. Las estaciones políticas en Colombia nos duran cuatro años (ocho añitos con Uribe); por lo tanto queremos saber entre 2010 y 2014 dónde van a estar los verdes y qué van a estar haciendo; queremos saber si la ola verde golpeará la roca, o se diluirá mansamente frente a la playa y esperará cuatro años para volverse a levantar.
A estas alturas del partido, los demócratas no pueden tener la cabeza puesta en otra cosa que en la oposición. Por ello la primera pregunta es por los sujetos, por el quién, quién dice que se opone. Solamente los verdes quedan en el juego y necesitamos que destapen sus cartas. Se harán merecedores del voto rojo y el amarillo y el multicolor que le sigue apostando a un país distinto?
May 31/10

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