27 dic. 2018

No hay otro personaje del año: ¡Son las Ciudadanías Libres!


Desde hace décadas, el mundo periodístico nos acostumbró a cerrar los años con balances y al lado de ellos, a destacar a personas y hechos que supuestamente marcaron el transcurrir de la sociedad y merecen pasar por lo menos, a la historia del país. Ese ejercicio por más sesudamente que se haga, nunca deja de ser injusto o por lo menos antipático, porque desconoce que los liderazgos son una producción social y eminentemente colectiva, que son síntesis de procesos y de luchas organizadas desde la base de la sociedad.
Sucede principalmente en el mundo de la política y la gestión pública que los “personajes del año”, siempre previsibles, son presentados como autosuficientes, genéticamente superiores y predestinados a reinar sobre el resto de los mortales. Preparémonos para los susodichos de 2018, entre los cuales no faltarán los políticos del “establishment”, algún ministro o hasta el intrascendente habitante de la Casa de Nariño.
Nunca, después del gaitanismo, había sido tan evidente en Colombia la emergencia de un sujeto colectivo que hubiera marcado la vida nacional como lo hicieron las llamadas Ciudadanías Libres durante el año que termina. Han protagonizado un proceso acumulativo de movilizaciones, primero electorales y luego reivindicativas, que abarcaron casi toda la geografía nacional, y se han mostrado dispuestas a mantenerse a lo largo del tiempo. No es extraño por lo anterior, que la dirigencia tradicional, siempre tan “higiénica” y sofisticada, se muestre desorientada y esté prefiriendo regresar a las modalidades criollas del fascismo que practicó Alvaro Uribe y que muchos creyeron ya superadas.
Después de siete décadas, nunca un torrente de descontento como el de las Ciudadanías Libres había causado la desazón que hoy expresan las huestes del orden establecido. El miedo los invadió en la década de los ochentas y ordenaron el aniquilamiento de la izquierda legal. Pero hoy no saben cómo proceder con ella, y lo que se observa es un desconcierto que en el corto plazo puede devenir en un retroceso a los ochentas, una marcha atrás hacia la “seguridad democrática” de 2002-2010, o menos probable desafortunadamente, la consolidación de una derecha civilista que le apueste a la democracia y al estado de derecho.
Los últimos meses del año fueron eso, el momento del desconcierto ofensivo, que se desarrolló en dos direcciones articuladas: de un lado, mantener a raya a Colombia Humana, negándole su personería jurídica y con ello la posibilidad de financiarse y tener candidatos propios a cargos de elección popular. Y del otro, la persecución política, mediática, judicial y económica contra su máximo dirigente, firme aspirante a la Casa de Nariño en 2022.
Todo lo anterior, sumado a la ofensiva tributaria del gobierno Duque contra los sectores más desprotegidos, y a su desidia para cumplir los acuerdos de paz y atajar la ofensiva mortífera contra los líderes sociales comunitarios del país, le ha dado a las Ciudadanías Libres el carácter de movimiento de resistencia, que protagonizó a lo largo de 2018 un despliegue de voluntad política contra la barbarie y las ambiciones de las castas que nos gobiernan.
Las Ciudanías Libres, agrupadas en diversas toldas políticas y movimientos sociales, o por fuera de ellos, empezaron a dar campanazos de alerta desde las elecciones legislativas de marzo, alcanzando una bancada de oposición significativa que le ha dificultado a Duque hacer aprobar su paquete regresivo de reformas económicas y políticas. En las dos vueltas de las presidenciales siguió creciendo la marea popular. Después de décadas, volvió a haber en Colombia plazas llenas, fervor y esperanza en un futuro de dignidad para todos. Los adversarios necesitaban ofrecer comilonas, transportes  y prebendas para llevar gente a que los escuchara; las Ciudadanías Libres en cambio, se convirtieron en un voluntariado que aumentaba en número y en disciplina.
Un fenómeno que raras veces ha ocurrido en la política colombiana, tuvo lugar entonces. Se enfrentaron en las urnas dos opciones contrarias: la popular y la oligárquica, la moderna y la retrógrada, la democrática y la autoritaria. Los eventos de plaza pública y los debates televisados se transformaron en pedagogía política, donde los ciudadanos aprendieron a diferenciar y muchos entendieron las estrategias que estaban en juego. Esa pedagogía se está profundizando luego de la posesión presidencial el 7 de agosto, en la medida que Duque de manera cínica avanza en un gobierno totalmente contrario al que prometió. Cada vez más colombianos han podido entender después de esa fecha, que la mentira es la herramienta más recurrente de la clase política para perpetuarse en el poder y saquear el erario público.
Solo la pedagogía política permitió que más de ocho millones de ciudadanos se volcaran a las urnas el 17 de junio a elegir su propia dignidad y su propia esperanza. No se alcanzó la presidencia, pero el mismo 7 de agosto ya las Ciudadanías Libres marchaban en las grandes ciudades diciéndole al establecimiento que no estaban derrotadas, que se abría la resistencia, que la oposición y la rebeldía tan solo estaban empezando.
Unas semanas después, la ruta de la rebeldía pasó por la consulta popular anticorrupción, en la que once y medio millones de ciudadanos indignados con el robo sistemático de los recursos públicos, rechazaron en forma terminante a la clase política y  le dieron siete mandatos que hasta hoy no ha cumplido. Ha sido el recurrente tema de la corrupción, uno de los que más ha aglutinado a las Ciudadanías Libres. El saqueo sistemático a los patrimonios públicos se ha convertido en la estrategia principal de la privatización; toda la riqueza nacional está hoy en peligro, en manos de una clase política voraz, estrechamente vinculada con las grandes corporaciones multinacionales que tras bambalinas mueven las fichas claves dentro del Estado, incidiendo en la designación de presidentes, fiscales y otros altos funcionarios que terminan en sus nóminas. Odebrecht no es solo un conglomerado empresarial brasileño; es también el nombre del momento para designar la alta corrupción transnacional que financia campañas presidenciales en Colombia y se asocia con los capitales nacionales para chuparse los recursos públicos.
La corrupción rampante, que se mide en Colombia en decenas de billones de pesos al año, es lo que desmiente a gobiernos como el de Duque, cuando sostienen que no hay recursos suficientes para cumplir sus obligaciones constitucionales en materia de educación, salud u otras reivindicaciones sociales. Esta fue la base de la indignación generalizada de los jóvenes, cuando en octubre y noviembre se tomaron las calles para arrancarle al Estado un compromiso mínimo con la educación superior.
Las movilizaciones estudiantiles de esos meses, acompañadas por otros sectores de la sociedad, están en continuidad con el proceso de politización de la juventud que viene desde años atrás, y particularmente con la emergencia de las Ciudadanías Libres, cuya alma son precisamente los jóvenes que se están asomando a la política y no están dispuestos a dejarse cooptar por la corrupción ni por la violencia. De esta manera, el estudiantado logró un empoderamiento que más allá de los 4.5 billones de pesos que alcanzó para las finanzas universitarias en los próximos años, lo sitúa como una fuerza social de primer orden, con capacidad para exigir y para movilizar a la opinión pública frente a los proyectos del gobierno. Seguirá siendo ese sector de la sociedad, un brazo fundamental de las Ciudadanías Libres, una de las vanguardias del cambio político, social y económico que reclama la sociedad colombiana.
Esas movilizaciones ciudadanas electorales y reivindicativas, además posicionaron en el debate público una serie de temas que son incómodos o han sido secundarios en las agendas del poder establecido. Además de la educación, quizá el tema más relevante fue el de la corrupción, pero también fueron de gran importancia los relativos al modelo de desarrollo extractivista y predador, confrontado por numerosas comunidades locales de todo el país que saben que al hacerlo, defienden así sus propias vidas. De la mano de las Ciudadanías Libres, la sociedad colombiana es hoy más crítica que en años anteriores y más sensible a los abusos y a la arbitrariedad de las élites que gobiernan. Pocas veces en la historia del país ha sido tan marcada la contravía en que hoy marchan la sociedad, en una dirección, y en la contraria la clase política, desorientada y aferrada a lo viejo.
En el ámbito de la política y de las luchas sociales, no hay en Colombia otro personaje del año distinto a las Ciudadanías Libres, como tampoco en el deporte lo hay distinto a Caterine Ibargüen. En el año 2018, se asomó la esperanza de una sociedad vigorosa, que tiene agenda propia y es capaz de imponerla al viejo país corrupto y violento. El año que se aproxima deja ver sus propios nubarrones; la paz definitivamente le quedó grande a la dirigencia del país; su mezquindad no le ha permitido cumplir los acuerdos y un sector de ella encuentra grandes ventajas cuando los pobres se matan entre ellos. Ya están posicionando a los militares más uribistas en los cargos de dirección de las fuerzas armadas, y caminan hacia un conflicto armado externo, en el que esperan ganar a dos manos, pues en lugar de Odebrecht, de las jugarretas del Fiscal Martínez y de la baja favorabilidad de Duque, en Colombia solo se hablaría de un Satanás vecino que es necesario aniquilar.
Los planes de violencia y muerte que se preparan para distraer la crisis, tienen sin embargo un obstáculo que buscarán remover definitivamente. Son las Ciudadanías Libres, a las que no podrán engañar, las que con personería jurídica o sin ella, seguirán en la resistencia a las modalidades criollas del fascismo que ya se impuso en Brasil y están añorando los “cacaos” que gobiernan a través de Iván Duque.
Hace 100 y hace 50 años, respectivamente a través del Manifiesto de Córdoba (Argentina), y de las rebeliones estudiantiles y populares de París (el mayo francés), México (Tlatelolco) y muchos otros países, otros jóvenes y otras ciudadanías libres de otras geografías, lanzaron sus rebeldías contra el oscurantismo y la corrupción. 1918 y 1968 por ello, son años estelares en las historia de la juventud mundial, latinoamericana y europea que este 2018 hemos conmemorado en Colombia. Muchos no lo supieron, pero fue en nuestro país con las gestas de las Ciudadanías Libres, donde mejor hemos honrado la memoria de tantos héroes de la juventud que se han sacrificado en el mundo entero por defender la justicia y la libertad de sus pueblos.

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