17 mar. 2014

Dinero, corrupción y abstención: el tamaño de la democracia

Es muy complicado saber cuál es el tamaño real de la democracia colombiana. Algo tiene de falacia tratar de indagarlo a través de los guarismos electorales, pues ellos solo alcanzan a mostrar una faceta del sistema político y apenas indican de lejos la legitimidad de las instituciones republicanas. No obstante, hay un dato perdido en los avatares de la política reciente que cobra actualidad; es el de la abstención electoral para la elección de la Constituyente de 1991 que dictó la carta política que hoy nos rige. Esa asamblea fue elegida por el 20% de los ciudadanos habilitados para votar, lo que desató una intensa polémica alrededor de su legitimidad. Fue ardua la tarea para hacerle entender a la sociedad nacional que ese 20% era el tamaño real de la democracia colombiana en ese momento; que a diferencia de todas las demás elecciones, allá los ganadores solo iban a debatir y aprobar normas, sin presupuestos ni burocracias para repartir a electores cautivos o atraídos con prebendas y falsas promesas.
Esas elecciones en un país como el nuestro fueron atípicas porque la gran mayoría de sufragios fueron de opinión y el voto espurio fue excepcional. Pero la clase política, queriendo atajar al nuevo país, se vino lanza en ristre contra la Constituyente porque en cambio ella, atrincherada en el Congreso, había sido ungida con volúmenes de participación mucho más altos. Las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 fueron una excepción histórica. Arrojaron un indicativo sobre la dimensión democrática del sufragio en Colombia.
En materia de democracia electoral en nuestro país, nada nuevo bajo el sol ha ocurrido desde 1991. Cerca del mismo 20% de los ciudadanos habilitados que votan (si no es menos actualmente), lo hacen a conciencia; el resto de la participación es una tragicomedia detestable donde la clase política tradicional y un sector considerable de la sociedad exhiben lo mejor de su repertorio de inmoralidad para que todo vuelva a quedar igual o peor de lo que estaba.
Por encima de ese 20%, el caudal de votación es el resultado de las maquinarias aceitadas con billetes, de la compraventa y la coacción que practican las empresas y famiempresas electorales, ahora con la incidencia de organizaciones armadas y mafiosas.
El sistema electoral es en todas las naciones una pieza clave de su sistema político; es el rostro de su democracia; los certámenes electorales son noticias mundiales; sin embargo, la alta dirigencia colombiana no ha tenido la capacidad de sanear el sistema electoral, y todo parece indicar que definitivamente no lo hará. Desde años atrás nos vienen anunciando la implantación del voto electrónico, por ejemplo, sin  que ese proyecto se convierta en realidad. La falta de voluntad política en esta materia y en todo lo que tiene que ver con el control de la corrupción, está ampliamente demostrada.
El alto gobierno y los dirigentes de los grandes partidos no se sienten afectados por la ilegitimidad del sistema electoral. No tienen por qué. Ellos como clase política son producto precisamente de ese juego y en él se reproducen traspasando sus privilegios a sus descendientes y a sus servidores más incondicionales.
Los resultados de estas últimas elecciones para Congreso de la República arrojaron una lánguida participación de 44%, dentro de la cual se incluye la alta votación en blanco (6% apx. del total de votos), los votos nulos (10% apx. del total de votos) y los tarjetones no marcados (6% apx. del total de votos). Hechos los cálculos, resulta que el Congreso que se posesionará el próximo 20 de julio fue elegido por el 33.8% de los ciudadanos habilitados para sufragar. Este porcentaje minoritario habla por sí mismo, mas no lo dice todo, porque en él está incluído todo el caudal de votación clientelizada y movilizada a punta de prebendas e incluso dinero en efectivo que rueda a lo largo de toda la campaña electoral. Por lo tanto, la pregunta es tozuda y vuelve a nuestra mente: ¿De esa minoría de 33.8% qué proporción es voto limpio, informado, de opinión? ¿A cuánto asciende el voto espurio y manipulado? ¿Cuál es entonces, el tamaño real de la democracia colombiana hoy?
Estamos ante un acelerado deterioro del sistema político. Una crisis de legitimidad profunda distancia a sus dirigentes de las mayorías ciudadanas. Cada vez el sistema pierde más capacidad de convocatoria, cada vez es más visible la corrupción que invade sus instituciones y su incapacidad para solucionar los problemas de la sociedad. Tenemos pues, una democracia de nombre, minoritaria, pero además cruzada por prácticas mafiosas que ya son parte del paisaje nacional.
Para las élites que nos gobiernan, el estado no existe como representación de la sociedad nacional y menos como factor de civilidad. Es un negocio en que deben participar porque es igual o más rentable que los demás. Es un botín. Son jugosos presupuestos y extensas nóminas burocráticas que se reparten según sus pujas internas y la fuerza de sus maquinarias. Así, hacerse elegir en un cargo de representación es simplemente invertir unos recursos que se multiplicarán con creces prodigando empleos a amigos y familiares y tomando decisiones sobre los apetitosos presupuestos públicos.
Puesto que el grueso de la financiación de las campañas corre por cuenta de grandes y además “generosos” contribuyentes, financiación que no cabe en las contabilidades oficiales que presentan los partidos y candidatos, terminan siendo los poderes económicos los verdaderos electores ante quienes rinden cuentas los elegidos. Una legitimidad derivada del dinero no puede estar, nunca ha estado, al servicio de los pobres y los ciudadanos comunes que las maquinarias electorales empujan a las urnas.
Lo que ocurrió el 9 de marzo en Colombia fue un estrechamiento del sistema político, del cual el Congreso es una pieza fundamental. Nunca había rodado tanto dinero y nunca la corrupción había sido tan rampante; no obstante la votación efectiva fue de las más bajas de la historia. Miles de microempresas electorales fueron incapaces de convocar un volumen de votantes que pintara de democrática la cara del poder legislativo. Ningún entusiasmo despertó el rifi-rafe aburridor entre presidente y expresidentes, ni las mañas publicitarias de unos y otros; fue una misa celebrada de espaldas a los feligreses, pero eso sí, con sus limosnas y sin probar el vino.
Es necesario entender también lo que hay del otro lado de la mesa: una masa social amorfa difícil de describir, que hace resistencia la mayoría de las veces silenciosa y a través de estrategias individuales, pero que en el pasado reciente ha tenido irrupciones fulgurantes que han sacudido la cotidianidad nacional. Esos sectores se dieron el lujo de hundir en 2012 la reforma a la justicia que las aplanadoras legislativas en connivencia con las cortes y la presidencia quisieron imponerle al país. En 2013 se movilizaron  o apoyaron las protestas de los campesinos, mineros y transportadores que provocaron una crisis de favorabilidad a la Casa de Nariño y forzaron la firma de múltiples acuerdos. En la capital del país esa fuerza social se ha expresado como la única defensa real del alcalde frente a la arbitrariedad de la Procuraduría y los otros poderes públicos que lo quieren sacar a empellones de su cargo. Ese sector creciente de la ciudadanía que ha participado en las protestas recientes, es la reserva democrática de la sociedad colombiana; en conjunto, no cree en el sistema político y practica la abstención o vota en blanco.
Solo un porcentaje pequeño de esos ciudadanos desencantados de los partidos políticos tradicionales y de las instituciones, sufragan en favor de las agrupaciones de Izquierda; la gran mayoría no abandona el abstencionismo y aunque descreen del establecimiento, tampoco se dejan seducir por partidos o candidatos antisistémicos. He aquí un típico problema de estrategia política que los intelectuales de Izquierda en Colombia deben debatir a la brevedad. Al pequeño grupo de indignados que fuimos a las urnas, se deben nuestras “golondrinas” que no hacen verano como Jorge Robledo, Iván Cepeda y Claudia López, entre los Senadores.
Sobre la base de esa contracción del sistema político y de la reducción de la ya reducida democracia colombiana, cualquier triunfo electoral resulta pírrico y toda celebración es sospechosa. Los gritos de victoria que provienen del establecimiento, constituyen un anuncio más de la autosatisfacción de la clase política con el statu quo en que está montada. Al convertir los certámenes electorales en farsas presididas por el dinero, la democracia, la Izquierda y la oposición antisistémica van siendo trituradas y desplazadas a los márgenes de la institucionalidad, es decir, expulsadas del sistema político. Por cierto en este país, a diferencia de todos aquellos que se dicen democráticos, se da el fenómeno de que la derecha es al mismo tiempo gobierno y oposición; la Izquierda está siendo paulatinamente expulsada del sistema político, y para ese propósito está siendo tan eficaz la corrupción electoral como fueron las armas en el pasado reciente.
Después de la “fiesta de la democracia”, como cada cuatro años denominan a ese mercado persa, también ocurre siempre lo mismo. Basta el primer dato del escrutinio para que todos los competidores canten victoria y estalle un juego interminable de señalamientos de fraude, algunos muy risibles por su procedencia, como el actual del expresidente Uribe contra las huestes del presidente Santos: jefe de la parapolítica contra jefe de la mermelada clientelista... ¿A cómo los balcones?
Los más purasangres son los más enardecidos. El mismísimo Fernando Londoño anda señalando, como si fuera una novedad, que tres pequeños departamentos de la Costa Atlántica que albergan el 9% de la población colombiana (Córdoba, Sucre y Atlántico) pusieron la cuarta parte del Senado. Habla del “impúdico fraude del 9 de marzo… las elecciones más sucias que el país ha sufrido” (El Tiempo, marzo 11/14). El desmemoriado Londoño lo que “descubre” es que esa votación la capturaron los partidos de Santos, pero “olvida” que los caciques dueños de esos voticos son los mismos que antes eran uribistas tan purasangres como Él. Los voticos que usted llora, señor Londoño, no le pertenecen a nadie. Simplemente, el que tenga la chequera más grande los compra.
Viene ahora para mayo la otra “fiesta de la democracia”. Como es previsible, la participación subirá algunos puntos y el establecimiento nos dará otro “bienvenidos al futuro”,  a la “democracia profunda” como decían los JoseObdulios. Quedaremos en adelante en manos de un Congreso elegido por la tercera parte de los ciudadanos habilitados para sufragar, con una importante representación familiar de los parapolíticos y los corruptos que protagonizaron los dos cuatrenios anteriores. Ese es el Congreso que tiene para desarrollar una de las agendas nacionales más importantes de la historia  reciente, especialmente los acuerdos para finalizar las negociaciones con la insurgencia y aclimatar el posconflicto armado. El panorama no puede ser más desalentador.
Esta es la razón fundamental por la cual vuelve a tomar fuerza entre la opinión más informada, la idea de transformar estructuralmente el actual sistema político mediante una Asamblea Nacional Constituyente, que intervenga los tres poderes públicos y lo oxigene de tal manera que estimule la participación de los ciudadanos en las toma de las grandes decisiones.

La dirigencia nacional debe entender que su sistema político se estrecha, pero no la política, ni la democracia, ni las luchas sociales. La experiencia de los últimos tres años demostró que aún por fuera de las instituciones, las resistencias populares tienen fuerza propia, que tienen capacidad para representarse por sí mismas y expresarse en las calles, las plazas y las redes sociales digitales. Al contrario del establecimiento, la sociedad se amplía, se hace más diversa, más informada, está más dispuesta a la participación y exige nuevos canales para expresarse. De tal manera que, o los dirigentes, concertadamente con los movimientos sociales, hacen una reingeniería al sistema político, o las luchas populares se profundizan y se encargan ellas mismas de mandarlo al cuarto de San Alejo. Si el movimiento democrático es desalojado del sistema político, serán las calles el nuevo escenario de la democracia.

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