5 dic. 2011

Uribesantismo y pensamiento único


El triunfo de Juan Manuel Santos en las elecciones presidenciales del 20 de junio significa mucho más que la prolongación del uribismo por un cuatrenio más. Por lo menos hasta que se posesione el 7 de agosto, el grueso de la opinión nacional sustentada en los grandes medios de comunicación estará embebida en los ires y venires del nuevo jefe de la Casa de Nariño. No es para menos. Cada nombramiento, cada nuevo anuncio, cada reunión y cada misiva del presidente electo coparán las primeras páginas de periódicos y revistas; al mismo tiempo Santos aprovechará el momento “de efervescencia y calor” para consolidar su “Unidad Nacional” entrevistándose con las jerarquías eclesiásticas, los mandos militares, las cortes, los expresidentes, los gremios del capital (mal llamados de la producción), las centrales sindicales y todas las “fuerzas vivas” del unanimismo nacional. Todo será inédito, histórico, sin precedentes, mínimo espectacular. Todo el alebreste nacional gira ya alrededor del gran estadista Juan Manuel Santos.
Todos los presidentes electos en Colombia han gozado de mucho poder antes de posesionarse. Esa es su hora dorada, la de los abrazos, las adhesiones y las lisonjas de la multicolor lagartería nacional; todos quieren ocultar sus viejas lealtades y abrazar de primeros al nuevo proveedor de puestos, favores y contratos. No caben los bufones por donde quiera que transite el nuevo emperador; todos dicen haber votado por él y haber contribuido a su victoria, solo que algunos fueron más veloces y madrugaron más que otros a tender los tapetes de su ruta triunfal. Los períodos que van entre el triunfo electoral y la posesión de los nuevos mandatarios en Colombia, son unos de los de mayor estupidez colectiva (ceguera, diría Saramago) y mayor manipulación de los ciudadanos por las fuerzas del statu quo. En estos períodos toda oposición es sacrílega; el presidente electo es la encarnación de la buena fé, los buenos propósitos y las mejores virtudes nacionales; toda crítica está fuera de foco por injusta y prematura: la historia no existe. De manera que todo el país cierra filas alrededor de su nuevo gobernante y este, organiza a sus íntimos, posiciona a sus amigos y aprovecha para desorganizar mediante cooptaciones las huestes de sus adversarios reales o potenciales.
Es un fenómeno de eclipse, donde todo el país está paralizado con su mirada en lo más alto del firmamento, contemplando la superposición de un astro sobre otro y esperando si amanecerá de noche o anochecerá de día; todos esperan lo inesperado. Pero mientras ocurre el eclipse y a la espalda de millones de miradas distraídas, en el suelo que pisamos ocurren cosas. Está ocurriendo la consolidación de una manera colombiana de percibir, entender y explicar las lógicas de la sociedad nacional; en otras palabras, se estructura una cultura política propia, un pensamiento social dominante que se nutre de elementos universales pero que toma cuerpo en las particularidades de la historia y de la agenda de nuestro propio país. Viene en marcha durante estos últimos años, un movimiento de homogeneización ideológica nacional que cabalga sobre la intolerancia política del neoconservatismo impuesto por Alvaro Uribe en sus dos períodos de gobierno y se dispone a continuar Juan Manuel Santos. La gran Unidad Nacional que hoy está construyendo este último, está en la misma línea de continuidad con el Partido Social de Unidad Nacional (partido de la U) que construyó el primero, y hacen parte ambos del proyecto unanimista que aspira a borrar las diferencias políticas dentro de una sociedad nacional con rasgos de corporativismo donde no haya espacio alguno para la oposición y el disenso. En su exótica concepción de la democracia, la oposición democrática no hace parte del sistema político y por lo tanto, debe eliminarse acudiendo si es necesario, a los organismos de inteligencia del estado, al presupuesto público y al concierto para delinquir. Utilizando todas las estrategias, el pensamiento gubernamental, habrá de convertirse en pensamiento único.
El “pensamiento único” universal que se ha desarrollado de la mano de  la globalización neoliberal después de la caída del Muro de Berlín, tiene pues, su versión criolla: es el uribe-santismo, dispuesto a elevar a categoría de política de estado algunos de sus principios. Hagamos el ejercicio de describir por lo menos tres de los fundamentos de ese ideario:
Una concepción de la seguridad. El uribe-santismo logró convencer a casi toda la sociedad nacional, incluidos muchos sectores críticos y de la intelectualidad, de la falsa dicotomía entre seguridad y respeto a los derechos humanos. Un coro ensordecedor alaba los logros en materia de seguridad, mientras por otro lado, reconoce graves acciones y omisiones por parte del gobierno que termina en materia de derechos humanos. Esa dicotomía se repite a diario en análisis, columnas de opinión y todo tipo de pronunciamientos públicos. Tal separación artificiosa y contraevidente entre esos dos factores de la convivencia, es una construcción ideológica de los mentores del uribismo, que ha permitido mediante el agregado del adjetivo “democrática”, separar la seguridad del gobierno y de los dueños de la riqueza nacional (seguridad “democrática”), de otra seguridad inexistente en la práctica pero sí en la retórica de gobierno, cual es la seguridad de quienes decidimos oponernos al orden establecido.
Quienes nos opongamos al statu quo, necesitamos obviamente seguridad, seguridad que se traduce en la vigencia de los derechos fundamentales humanos y civiles, como el respeto a la vida, a la integridad personal y a la privacidad, a las libertades de expresión, reunión y asociación, al debido proceso y a todas las garantías que a la oposición se le violan en Colombia. La primera condición de posibilidad para oponerse por las vías democráticas a un gobierno cualquiera es la vigencia plena de los derechos humanos. De suerte que tales garantías constituyen la seguridad misma de quienes disentimos del poder dominante, y de los grupos más débiles y vulnerables de la sociedad. ¿Si la seguridad no es para todos los sectores de la sociedad y si hacer oposición no es una actividad segura, por qué llamar “democrática” la seguridad que ha prodigado el uribe-santismo?
Para nuestros analistas las ejecuciones extrajudiciales (“falsos positivos”), los hostigamientos y amenazas a jueces y defensores de derechos humanos, los millones de desplazados, y las intimidaciones de grupos armados a activistas sociales a lo largo y ancho del territorio nacional, no hacen parte, ni son efectos, ni son el marco general de desarrollo de la política de Seguridad “Democrática”. Para ellos pueden convivir en tiempo y espacio su seguridad “democrática” con las más graves violaciones a los derechos fundamentales. Cosas del pensamiento único nacional.
Una concepción de la democracia. El pensamiento único universal, proclamó a la democracia liberal como el fin de la historia, mientras el pensamiento único nacional erigió al “estado de opinión” como la fase superior del estado de derecho. Con retóricas diferentes, ambas construcciones ideológicas coinciden en su “finalismo” y su pretensión de sepultar para siempre los procesos de transformación de la sociedad. Coinciden en su conservatismo esencial.
La reducción de la vida democrática a la simple ley de las mayorías que impulsó el presidente Uribe y “teorizó” JoseObdulio, se deriva de una concepción primitiva de la política y del estado que salta olímpicamente sobre los aportes de la filosofía política a la Ciencia Social en los siglos XVIII y XIX, principalmente en lo relativo a los derechos de las minorías y la separación de poderes dentro del estado. Por fortuna el “estado de opinión” recibió un golpe demoledor del máximo tribunal de la justicia, la Corte Constitucional, mediante la sentencia que declaró la inconstitucionalidad de una ley que avalaba la citación de un referendo para habilitar la candidatura a una segunda reelección del presidente Uribe.
Pero el “estado de opinión” continúa vigente en la mentalidad de las mayorías nacionales y principalmente en las prácticas de gobierno. Así, cobijado por altos índices de popularidad mediática, el presidente de los colombianos ha continuado irrespetando ante los micrófonos y las cámaras las decisiones del poder judicial cada vez que le son adversas o afectan a cualquiera de sus aliados. Lo hizo cuando fue condenado Mario Aranguren, director de la UIAF, por los seguimientos a magistrados de la Corte Suprema de Justicia y lo repitió en el caso de la condena al excoronel Plazas Vega por las desapariciones de hace 25 años en la retoma del Palacio de Justicia. Además ha insistido en dar órdenes ilegales a los jueces, cuando públicamente tiene la ocasión para incrementar su popularidad; fue el caso reciente cuando un juez de garantías ordenó la libertad de un supuesto criminal y Uribe ordenaba recaptura inmediata amparado en la leguleyada de una “excepción de constitucionalidad”. El “estado de opinión”, primitivamente antidemocrático, continúa vigente como una pieza clave del pensamiento único nacional.
Una concepción de la política. Del pensamiento único universal han derivado diferentes perspectivas en materia del ejercicio de la política. Entre ellas está la “antipolítica”, versión maniquea que se reclama limpia de lucha social y de todo lenguaje que aluda a ella; y la política como ejercicio de los derechos colectivos o de tercera generación, con sus ecologismos, feminismos y sus entronques con los nuevos movimientos sociales. La versión colombiana dominante es todavía muy tradicional, debido a la mentalidad patrimonialista que del estado tienen las élites y partidos políticos dominantes.
Un rasgo predominante de la concepción de la política en nuestro medio es su abrumadora superficialidad y su acentuada diferenciación respecto a los demás espacios de la práctica y la experiencia social. Como dijo alguien “la política es la política”, no la representación y tramitación de intereses. Además operan sobre ella dos reducciones: la reducción mediática y la reducción a lo electoral. Así, el ejercicio de la política resulta siendo un derecho que unos pocos tienen para que el resto los vean por la televisión; una especie de reality que se renueva a diario con cada encuesta y cada gesto del protagonista. La separación más drástica de esa suerte de farándula especializada es con los problemas más vitales de los ciudadanos y los diferentes grupos de interés. Esos asuntos vitales son abordados solo eventualmente por algunos especialistas que fugazmente pasan por los medios de comunicación escritos; el reality en cambio, es abrumador y además nos lo venden como análisis especializado.
El pensamiento único nacional está imponiendo un envilecimiento del ejercicio político practicado por unos profesionales que ocultan su representación real en las nebulosas del amor a la patria, la vocación de servicio público y la capacidad de sacrificarse por nosotros tan necesitados de “buen gobierno”. Nuestros analistas nos han explicado ya todos los transfuguismos, las cooptaciones y las conversiones que se cocinan en la olla de la “unidad nacional”; esperemos los shows de la repartija bajo el título pomposo de “gobernabilidad”; los cambios de funcionarios serán disfrazados como nuevas políticas; de algunos desacuerdos entre el mandatario entrante y el saliente nos hablarán como grandes rupturas históricas. En fin, todo será espectáculo televisado y “analizado”, menos la trama, los juegos de intereses, los intereses de clase y todo lo que está ocurriendo sobre el terreno mientras ensimismados seguimos mirando el eclipse.
El programa máximo del Uribesantismo sigue siendo la eliminación de la oposición democrática del sistema político colombiano para consolidar un paraíso empresarial en favor de los grandes capitales. El gobierno de unidad nacional que se está cocinando, además de blindar al nuevo presidente frente a responsabilidades judiciales propias y de su antecesor por las que deberá responder, está en la misma línea del unanimismo que Uribe quizo imponer al país, y que se ha concretado en el triunfo de una versión nacional de pensamiento único “fuera del cual no hay salvación”.
Jun 23/10

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