5 dic. 2011

Repúblicas bananeras siglo XXI


Es tan abundante y variada la información contenida en la correspondencia entre el Departamento de Estado y las embajadas gringas que está siendo publicada desde Wikileaks, que todo comentario o análisis de  los mensajes fácilmente resulta rebasado en cuestión de horas por nuevos aludes de información. De manera que todos los que nos aventuramos a escribir sobre el tema, tenemos que encabezar advirtiendo: “hasta ahora”, “con lo conocido hasta este momento”, o “mientras se publican nuevos correos”.
Hay consenso general en que los contenidos que hasta hoy recogen los periódicos, salvo descortesías y alusiones desconsideradas a terceros, no aportan nada nuevo o extraordinario sobre la naturaleza de la política exterior de los Estados Unidos. Simplemente quedan de nuevo documentados el espionaje y tutelaje que ejerce sobre los demás países el imperio que hoy funge como la policía del mundo. Esta vez la documentación es más actualizada, más pública y más abundante, como es propio de esta época de revolución tecnológica informacional, pero en últimas estamos asistiendo a la corroboración de percepciones más o menos generalizadas en la cultura política general.
No ocurre exactamente lo mismo con las contrapartes del imperio, cuyos estados y gobiernos se conmocionan con las infidencias y ponen en la picota pública a sus altos funcionarios y dirigentes. A mayor contubernio y menor transparencia en las relaciones diplomáticas, más escandalosas resultan las revelaciones que le están permitiendo a la opinión pública de muchos países descubrir la trama o ajustar las piezas de los juegos tramposos entre sus élites y el guardián del orden público internacional. Por eso los informes sobre la conexión Colombia han sido tan impactantes y prometen ahondar en profundidades mayores. No es para menos cuando la diplomacia ha sido un árbol de navidad en manos de cada presidente para pagar favores, sacar de circulación y proteger a otros. El gobierno pasado llevó al extremo esa función de la diplomacia, por lo que muchos de quienes nos representaron en el exterior hoy pagan condenas en las cárceles o están investigados, o tendrán que estarlo como el exgeneral Mario Montoya, embajador en República Dominicana.
Las revelaciones de Wikileaks tienen temblando esa diplomacia de “banana republic” que se practicó los años anteriores, y a nosotros, nos está prodigando nuevas piezas que lejos de desbaratar nuestras hipótesis básicas sobre el régimen uribista, nos las han enriquecido en forma sorprendente. Lo más relevante en los contenidos dados a conocer, es el papel de la embajada estadounidense en Bogotá en los años más recientes como oráculo mayor del presidente Uribe y del alto funcionariado de ese gobierno. Las fuentes informativas de la embajada en los temas más delicados eran personales. El mismo presidente Uribe, lejos de todo escrúpulo nacionalista o republicano, le compartía al embajador sus proyectos más inconfesables, como su disposición a invadir territorio venezolano para capturar a efectivos de las FARC. Y si el presidente lo hacía, por qué no el Director de la policía y militares de alto rango.
El afán de vivir congraciado con el gobierno Republicano del norte, convirtió al régimen de la seguridad “democrática” en más papista que el papa, hasta el punto de habernos tenido al borde de una guerra con Venezuela, según la infidencia de Uribe al embajador Brownfield y al jefe del estado mayor conjunto Michael Mullen en enero de 2008. Cuando miramos en retrospectiva la orden de Chávez de movilizar sus tanques hacia la frontera colombiana después del bombardeo sobre territorio ecuatoriano de marzo de ese mismo año, cabe preguntar si es que el Coronel también sabía los alcances de la mente calenturienta que habitaba la Casa de Nariño.
De muchas cosas hemos podido acusar al régimen uribista, pero falta de iniciativa nunca le hemos podido señalar. Es tristemente admirable la manera como ese gobierno torció la lógica de muchas relaciones largamente establecidas y aceptadas. Veamos: 1. En la relación con las mafias del narcotráfico y sus ejércitos, los uribistas lejos de ser cooptados por las organizaciones criminales, fueron ellos quienes buscaron la protección y las alianzas para consolidar feudos y fabricar mayorías electorales, acceder a los puestos y al presupuesto público, es decir, protagonizaron lo que se ha denominado “captura invertida del estado”, documentada en el texto “Y refundaron la patria…” de Claudia López y otros investigadores de diferentes centros académicos. 2. En la relación con los opositores y con simples contradictores dentro del estado, tampoco fueron estos ni grupos de delincuentes los que infiltraron al DAS, sino que el propio gobierno mediante procedimientos verticales jerárquicos, lo convirtió en núcleo de una empresa criminal para desprestigiar y perseguir ilegalmente a una amplia gama de grupos y personas que no eran dóciles al régimen. 3. Finalmente, en la relación con el imperio y sus agencias, Uribe no se sentó a esperar órdenes ni guiños sino que al contrario, intentó comprometer al gobierno Republicano en aventuras regionales como la de las bases militares, un rescate militar gringo de sus secuestrados en la selva colombiana y, una posible incursión militar en Venezuela. Uribe hacía carrera no como peón sino como alfil del imperio y en tal aspiración ponía en juego su capacidad de iniciativa. La Medalla de la Libertad que en enero de 2009 le concedió George Bush, era un premio apenas ajustado a la magnitud del servicio.
La diligencia del ex presidente para servir los intereses imperiales solo admite comparación con la de los gobiernos centroamericanos del siglo XX hasta la década de los setentas. Por ellos se difundió el apelativo de “repúblicas bananeras” que se dio a esos remedos de naciones sin soberanía que no eran otra  cosa que grandes plantaciones bananeras de la United Fruit Company, la gran multinacional gringa que convirtió a las dictaduras fraudulentas centroamericanas en coadministradoras de su negocio de exportación de frutas y sobreexplotación sin ley de una fuerza laboral desprotegida, sin seguridad social y sin responsabilidad de la empresa con las comunidades. Las dictaduras folclóricas de esas repúblicas eran de clara estirpe latifundista y en manguala con la United Fruit, a la que mimaban con exenciones fiscales (la “confianza inversionista” no es invento criollo), aplastaban a bala toda propuesta de reforma agraria o de legislación laboral luego de tildarlas como designios del comunismo.
Los colombianos no deberíamos hablar de “repúblicas bananeras” como tema de otras calendas ni de otras geografías. Los mensajes publicados por Wikileaks y las gestiones del ex presidente Uribe en Panamá y Honduras buscando asilos ilegales para sus íntimos, burlando la justicia colombiana y los convenios internacionales, nos retraen a la tragedia centroamericana del siglo pasado pero también a lo que fuimos como nación en ese mismo período histórico, cuando nuestra costa Caribe también fue manchada con sangre por el contubernio entre la United Fruit y el gobierno de Miguel Abadía Méndez en la famosa masacre de 1928 que inspiró a García Márquez en la literatura y a Gaitán en el debate parlamentario.
De suerte que en nuestro pasado también hubo mucho de “república bananera”. Pero esa tragedia parece repetirse haciéndose comedia protagonizada por un expresidente representante del latifundismo colombiano más rancio, que gobernó repartiendo graciosas exenciones tributarias a las grandes empresas, revirtiendo décadas la legislación laboral, reformando la Constitución mediante delitos para hacerse reelegir y haciendo guerras sucias a sus contradictores utilizando las instituciones y los presupuestos públicos.
Luego de descender las escalinatas de palacio, el ex presidente no ha querido ni ha podido darse el reposo que tantos le deseamos. Solo que ya dejó de tener control sobre su propia agenda y en cambio anda en el atolladero de las denuncias sobre corrupción y delitos contra la humanidad que lo acosan por donde quiera que se mueva, incluída la misma República de Honduras, que inspiró en 1904 al escritor O. Henry para acuñar el término “banana republic”. En la nueva agenda de Alvaro Uribe figuran muchas citas, pero en tribunales que lo requieren con fecha, lugar y hora exacta. Ya no tiene consejos comunitarios pero sí mítines, pancartas y expresiones hostiles en Panamá, Washington, Madrid o cualquier rincón del mundo donde respire la sociedad civil defensora de los derechos humanos y la democracia. Sus condecoraciones crean cada vez más problemas a quienes las conceden.
Apenas le está pasando la borrachera de poder y ahora conduce su camión-escalera repleto de trasnochados brincándose las señales de tránsito. Fue mucho lo que bebió y dio de beber incluso a “buenos muchachos” y “buenas muchachas” que siempre se habían manejado bien, pero se dejaron seducir por un “paisa verraco” que le ganaba hasta al diablo el juego de dados para hacerse reelegir eternamente, como hubiera escrito Carrasquilla. Pero después de toda borrachera viene el guayabo. Solo que nuestro ex presidente no lo puede dormir porque se expone a una sentencia judicial o a que los suyos corran suerte peor. Ya lo hemos visto entrando y saliendo de las repúblicas bananeras que aún quedan recibiendo homenajes, asegurando los negocios de sus hijos, estrechando lazos solidarios y buscando guaridas para sus incondicionales donde no los alcance la mano de la justicia colombiana. El  reciente periplo de Uribe por Honduras y Panamá y el asilo apadrinado de María del Pilar Hurtado, eslabón más débil de la cadena que va desde “la señora de los tintos” hasta el primer mandatario en la investigación por las mal llamadas “chuzadas”, tuvo las connotaciones de una comedia donde el único personaje que faltaba era la United Fruit Company, luego transformada en Zapata Corporation y hoy es la tristemente célebre Chiquita Brands que financió a los paramilitares de Urabá.
De manera que nuestro ex presidente ha hecho historia. Pero no sabe cuál. Él cree unas cosas pero la realidad dice otras que lo desmienten; como presidente y como ex, se mantiene en contravía y aunque se choca mantiene su marcha en sentido contrario. Es su terquedad más que su brillo intelectual lo que ahora su círculo nos quiere vender como orientación desde las alturas para el estado y nuestra sociedad. Su nueva diplomacia “bananera” dice mucho de lo que hizo como jefe del estado colombiano y de los aliados que cosechó con su política exterior  servil y alucinante.
Uribe luchó como primer mandatario por la impunidad de sus aliados. Fue cuando la Corte Suprema de Justicia abrió el expediente de la “Parapolítica” que el mandatario abrió fuegos contra ella. Esa causa de la impunidad parece seguir siendo el oficio del ahora expresidente en uso de mal retiro, consciente como es de que poner a salvo sus socios es salvarse a sí mismo. Pero el espacio internacional para esa empresa es estrecho. Costa Rica ha negado ya dos asilos a uribistas de la más honda entraña del expresidente: la de su primo y la de Sabas Pretelt; El Salvador y Nicaragua profesan ideologías contrarias a la uribista; Guatemala y República Dominicana pensarían dos veces la concesión de un asilo especialmente después de la experiencia sufrida por el panameño Martinelli. Por ello Uribe puso sus ojos primero en Panamá y Honduras antes que en otros estados del área.
Si no fuera por las revelaciones de Wikileaks, difícil hubiera sido entender las pervivencias de una cultura política específica que está cumpliendo un siglo de existencia, la cultura de Repúblicas bananeras, que aunque se está extinguiendo en sus territorios de origen, suele lanzar alaridos de “estoy viva”, “no me entierren”, “quiero vivir”, pretendiendo que los colombianos salgamos en su auxilio y hasta la elevemos a rango constitucional según las alucinaciones Joseobduliescas de algunos despistados que aún andan por ahí.
Dic. 14/10

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