5 dic. 2011

Juan Manuel Santos… ¿Hasta dónde?


Empecemos por una conjetura: Habrá segunda vuelta para la elección presidencial en Colombia entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus; nada indica faltando pocos días para la primera vuelta que alguno de los dos obtenga el 50% de la votación total ni que un tercer candidato pueda desplazarlos en la votación del 30 de mayo. La segunda vuelta en cambio, ofrece difíciles interrogantes a quienes hacen vaticinios y van más allá de los simplismos estadísticos de los encuestadores profesionales.
Si Mockus no obtiene una ventaja considerable en la primera vuelta, que desestimule a una cantidad grande de votantes Santistas, se verá abocado a una competencia reñida para la cual no tiene ni usaría armas desleales de las que le sobran a su oponente. En tales circunstancias, a medida que se aproxime el evento electoral definitivo, vamos a presenciar como nunca antes los ríos de dinero lavado y la recomposición de las lealtades de dudosa conducta que sustentaron el poder uribista durante estos ocho años. La importancia de Juan Manuel Santos para el establecimiento político-económico en la actual coyuntura, es algo no bien entendido por la mayoría, y todos los aparatos, métodos y recursos serán puestos a su disposición para cerrar el paso a cualquiera que no goce de la confianza absoluta de las élites.
Con la delegación en Santos del liderazgo político y el intento de hacerle la transferencia de la popularidad de Uribe, el bloque dominante sacrificó en aras de la seguridad de los capitales y la conservación del statu-quo, toda posibilidad de renovación que abriera nuevos espacios a nuevas fuerzas de la sociedad nacional. Optó por no arriesgar, no experimentar, y mantener al país preso de los fantasmas del siglo XX: de la guerra fría, del comunismo, de las FARC y de todas las culebras que declara muertas cuando le conviene y cuando no, muy vivas y muy peligrosas. Juan Manuel no era el líder carismático, ni verbalmente hábil y menos aún, el ejemplo de la coherencia política a través de su vida pública. Pero era al mismo tiempo la seguridad, la conservación, la estabilidad y la continuación. Frente a esos atributos, cualquier debilidad debía ser ignorada, pues para el juego electoral tenía todas las armas previamente probadas, incluídas las asesorías internacionales espurias.
Además el uribismo se hizo cada vez más prepotente. Ya había desarrollado la tesis del “estado de opinión” con el cual desafió a las altas magistraturas cuando sus sentencias no le favorecieron, y a la oposición parlamentaria y ciudadana cuando se atravesaron en su intento de segunda reelección. Después creyó que a Juan Manuel le bastaban sus credenciales de bestia negra de las FARC para que los electores se rindieran a sus pies, olvidando que fue protagonista de primera línea en la comisión de los delitos atroces y de lesa humanidad que hoy señalan hacia el régimen político del que hizo parte tan destacada.
Como hemos dicho “régimen político”, pongamos primero algunos puntos sobre las íes. En el ideario hablado y escrito del presidente Uribe su régimen político es un trípode compuesto de: seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social. En forma equivocada, o distorsionada u oportunista, algunos nos han querido convencer de la equivalencia y la estricta correlación entre los tres elementos del régimen. Otros (quizá la mayoría) nos “explican” que el elemento fundamental o encadenante de los otros dos es la seguridad democrática, y nos la describen a partir de una cascada de cifras sobre indicadores de algunas modalidades delictivas como retenes ilegales, tomas de poblaciones, secuestros, destrucciones de infraestructuras, atentados contra líderes y homicidios. Así, sobre esa base empírica y visible y sobre todo “indiscutible”, hemos estado (y estaremos, como quieren muchos) en el régimen de la Seguridad Democrática, fruto de la civilización política del siglo XXI que como seres de “inteligencia superior”, debemos erigir en política de estado. Para que vean que si al otro lado hay “socialismo del siglo XXI”, aquí no nos quedamos atrás y podemos tener democracia del siglo XXI.
Pero cuando al lado de los indicadores convencionales de seguridad, ponemos los indicadores y cifras sobre la vigencia de los derechos humanos, como los asesinatos de sindicalistas, las desapariciones forzadas, las infames ejecuciones extrajudiciales mal llamadas “falsos positivos”, los millones de desplazados rurales durante estos ocho años, los crímenes ejecutados con y por el DAS (que el gobierno no ha podido demostrar que no sean de lesa humanidad) contra opositores y poblaciones vulnerables, salta a la vista una gran paradoja para todo aquel que quiera observar: que el mismo régimen que combate unas modalidades delictivas, propicia y tolera otras. ¿Diferenciación de las víctimas?, ¿Diferenciación de los victimarios?, ¿Conveniencias e inconveniencias en el combate al delito?. Lo peor de todo es que cuando del presidente Uribe se ha tratado, siempre los mal-pensados hemos terminado teniendo la razón.
La paradoja de la seguridad democrática reside dentro de ella misma, pero se resuelve en otro elemento del triángulo: en la confianza inversionista, definida por el uribismo como estímulo a la inversión extranjera, supuestamente para crear riqueza nacional. Su expresión más conocida son los contratos leoninos de estabilidad financiera, la condonación de impuestos y la creación de zonas francas para grandes empresas, todo sin las responsabilidades sociales que cualquier estado exige a los inversionistas, y que tiene convertido al país en una suerte de paraíso empresarial.
Es al servicio de la confianza inversionista que está la seguridad democrática; es esta, la seguridad, una función de aquella y no al revés. La seguridad democrática ha consistido en la represión drástica de todos los delitos y todos los factores de poder que pueden llegar a generar inseguridad y a desestabilizar al gran empresariado y a los grandes inversionistas, mientras se toleran y en algunos casos se cometen delitos contra actores contrarios o desafectos al régimen político. En conjunto, las acciones y las omisiones del uribismo en el terreno de la seguridad, el orden público y la represión del delito, han tenido un norte inconfundible: el mejoramiento de las garantías para la rentabilidad y estabilidad de los capitales, despejándoles con esmero todos  los nubarrones de eventual oposición, denuncia o protesta contra ellos. De suerte que no es la seguridad democrática sino la confianza inversionista, el vértice superior del triángulo que organiza la práctica del régimen político que algunos quieren prolongar y otros tantos “mejorar”.
Por esto Juan Manuel representa la seguridad, la seguridad de los negocios. Pero como Santos no es Uribe, es decir, carece de la aureola campesina de capataz bueno, de la “química” como suele decirse, del acento y los modales del “paisa verraco” que la mayoría de los colombianos lleva por dentro, y en cambio son visibles su cultura norte-bogotana y su abolengo de estirpe presidencial, no proyecta la imagen paternal que lo libraría del juicio informado de los electores. La “picardía” que siempre medió la comunicación de Uribe con los ciudadanos, empleada por Juan Manuel se ve postiza, de mal gusto, dictada por demonios extranjeros y como guerra sucia contra sus contrincantes por la presidencia. El llamado “teflón” de Uribe es de Uribe y nadie más, por ello sus más incondicionales lo querían de presidente vitalicio; como no lo lograron lo proponen ahora como senador vitalicio, y si tampoco, lo querrán embalsamar en vida.
El asunto pues, es que Juan Manuel a diferencia de su antecesor, no podrá gobernar con 70 u 80% de favorabilidad mediática ciudadana y no le alcanzará para cumplir asidua y aplicadamente los mandatos del bloque dominante que hoy lo sustenta. Habrá tensiones y malestares dentro de unas élites malacostumbradas a un presidente mesías. Más temprano que tarde los desajustes vendrán y con ellos los recambios no del todo inesperados. Santos terminará su mandato extenuado de defenderse de las “culebras” que vienen del siglo XX, más las que hereda del uribismo, más las nuevas que le aparezcan.
Un Santos presidente será un mandatario a la defensiva. Tendrá que defender los capitales y los negocios, pues la confianza inversionista seguirá siendo el eje del continuismo y la razón de ser del régimen político. En segundo lugar, tendrá qué defenderse Él mismo de su propio pasado de conspirador contra el gobierno de su copartidario Samper, de usurpador violento del territorio ecuatoriano y de haber celebrado el fugaz golpe de estado contra Chávez; de los mal llamados “falsos positivos”, de lo que le corresponda en los delitos del DAS y en las demás actuaciones delictivas de la fuerza pública cuando estuvo bajo su mando. En tercer lugar además, asumirá necesariamente la defensa de su antecesor y exjefe, principalmente en el plano internacional ante requerimientos que han de continuar por problemas de impunidad judicial, tratamiento a las víctimas y otros. En ese cuatrenio tendremos que recordar una y otra vez el de Ernesto Samper, dedicado a hacerse defensas penales, disciplinarias y fiscales 365 días cada año.  
Pero el establecimiento tiene sus hombres, y ya algunos aparecen en lista de espera, siendo el más promisorio el otro candidato de estirpe presidencial, víctima directa del terrorismo, “cabeza de ratón” en el archipiélago uribista y con credenciales civilistas hasta el momento, el señor Germán Vargas Lleras.
El juego de Vargas Lleras va más allá de su participación en el eventual gobierno de Santos. Deberá obtener una posición estratégica en el ejecutivo entrante, en persona o en cuerpo ajeno, que le facilite a través de su aparato partidista, Cambio Radical, obtener las bendiciones del establecimiento que le empezarán a ser negadas a Juan Manuel, y avanzar con paso firme a la jefatura política de las derechas en Colombia. Su táctica electoral, como su programa, están debidamente calculados, nada se le escapa hasta el momento salvo unos puntos en las encuestas sobre intención de voto, y solo tendrá que esperar los primeros crujidos del entrante gabinete para tenderle una mano generosa pero interesada a Santos o a algún sector dentro del congreso.
Juan Manuel es el presente pero Vargas Lleras es el futuro de la clase política dominante en Colombia. El próximo cuatrenio ocurrirá ese relevo, que incluso podría precipitarse si Mockus logra llegar a la presidencia.
Mayo 18/10

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