5 dic. 2011

El voto útil


En la actual puja de los candidatos a la presidencia de Colombia por los votos de los ciudadanos, con su manicomio nacional de encuestas, predicciones y alianzas, es a veces saludable sustraerse de tanta estadística y mirar aspectos de conducta social y cultura política que más o menos de forma subrepticia vienen modificando percepciones sobre asuntos más perdurables y de fondo.
Esta reflexión está enfocada hacia un poderoso recurso cada vez más utilizado por los actores políticos dominantes en busca de su consolidación electoral. La “utilidad” del voto es un discurso de autorreproducción política de las élites que a través de la distorsión del sentido democrático del sufragio, pretende desarticular a la oposición vaciándola de significado y cooptando a sus miembros.
La estrategia del voto útil está inscrita en una percepción en boga de la cultura política dominante en nuestros tiempos según la cual solo desde las cúpulas se hace política; que la política es el gobierno y nada más; un ejercicio de los elegidos o los nombrados frente al cual, los demás no seremos más que espectadores durante los cuatro años siguientes. El concepto de oposición política está dejando de hacer parte del imaginario generalizado alrededor de la actuación pública en Colombia. La oposición ha querido ser borrada en este país de todas las maneras y mediante todos los métodos que han convenido en cada coyuntura de la historia nacional; se podría decir que mediante la combinación de todas las formas de lucha. Está queriendo ser borrada también de nuestro difuso ideario colectivo: que simplemente no exista en él, ya que no gobernar es quedar sin puestos, sin plata, sin contratos y sin influencia; es desaparecer.
El concepto de “voto útil” lleva necesariamente atado el de “voto inútil”, que aunque no se pronuncie, refuerza la sensación de oposición como vacío, y sobre todo desconoce que para hacerla también se necesita respaldo ciudadano amplio, es decir, un caudal electoral respetable. Así, el llamado “voto útil” lleva implícita la descalificación del voto opositor. En nuestra democracia enana los certámenes electorales tienden a convertirse en plebiscitos a favor de castas dominantes que siempre nos asusan con el “no bote su voto”, en lugar de modernizar, sanear y moralizar el sistema electoral.
En todas las democracias del mundo existe el gobierno y la oposición. Pero la existencia de la oposición en todos los países solo ha sido posible mediante la obtención de respaldo ciudadano electoral; en otras palabras, mediante “votos inútiles” a su favor. Visto de esta manera y con el disfraz que se quiera poner, el “voto útil” es el voto por quien tiene la posición dominante, es el voto anti-oposición.
A diario están desfilando por las páginas de la prensa colombiana personajes notables que se hacen más notables aún porque sabiamente decidieron no botar su voto. Obviamente se deslizan hacia las toldas Santistas como el notablato conservador. Los godos “Nohemistas” lo harán más tarde, quizá después de la primera vuelta, y si los coge la noche, no tendrán problema en dar su apoyo “crítico” o “técnico” al nuevo gobierno (Nohemí es experta en esas lides). Germán Vargas Lleras empezó ya su travesía y nos anunció que llegará a la meta antes de la segunda vuelta.
Fuera de algunos casos más individuales, las otras fuerzas están ahí, debatiéndose entre hacer oposición y hacer el duelo a sus “votos inútiles”, entre hacer lo que tienen qué hacer y cuidar lo que no tienen. Ahí están: A los “ni Uribistas ni antiuribistas” poco se les puede pedir; a los rojos tampoco mientras sigan en el sueño de la unidad liberal con uribistas; el Polo, con mucho menos qué perder “no tiene quién le escriba” como diría García Márquez; está más aislado que nunca, ya no solo por los uribistas sino también por los verdes y los rojos: todos le huyen al abrazo del oso.
Verdes, rojos y amarillos están ahí. Si no se deciden a hacer oposición, si siguen cuidando sus votos, pocos o poquiticos, si no abren debates programáticos, caerán en la trampa del “voto útil” y la futura oposición a Santos no pasará de dos o si acaso tres personerías jurídicas vacías de representación. El futuro de la oposición democrática y de la democracia misma en Colombia está hoy intimamente ligado a lo que en esta campaña sea el voto alternativo, inútil para el establecimiento y el uribismo en cuerpo ajeno, pero indispensable para romper el embrujo autoritario de estos largos ocho años.
A la estrategia del “voto útil” está igualmente anclada la práctica del transfuguismo que tan eficientemente ha servido a la clase política para reorganizar sus huestes en el congreso. Los más fieles al establecimiento van transitando sin inmutarse al gran partido del orden, convertido a través de esta campaña presidencial en un mosaico variopinto de tránsfugas, cooptados y conversos, ninguno de los cuales ha querido quedarse sin  accesos a la torta burocrática y a los recursos públicos.
La autopista que conduce al Santismo está bien pavimentada; además tiene varios carriles. Ese pavimento es la superficialidad misma de la campaña, donde el partido dueño del presupuesto y la burocracia seduce a diestra y siniestra y amanece cada día exhibiendo nuevas adhesiones; mientras de otro lado los “alternativos” solo nos ofrecen buena conducta y buenos modales, lo que significa mucho en las actuales condiciones de envilecimiento de la política colombiana, pero sí necesitamos que todos nos digan por ejemplo cuál va a ser la política antinarcóticos, si habrá humanización y/o negociación del conflicto armado y bajo qué condiciones o premisas, si se profundizará el confesionalismo o al fin tendremos estado laico, si habrá recuperación de  la autoridad moral para la política internacional, si habrá reparación para los millones de desplazados y demás víctimas del conflicto, si la política social será la misma y seguirá la cascada de privatizaciones, si la inversión extranjera seguirá siendo de gratis y sin responsabilidades frente al empleo y si este seguirá siendo indecente. Con el agravante de que no hay propuestas de reformas, ni política, ni agraria, ni económica, ni administrativa, ni laboral ni ninguna en boca de los flamantes candidatos.
Así es como toda diferencia se diluye, la política se hace plana y se convierte en guerra de carismas sin sustentos analíticos donde los oportunismos son las noticias diarias. Solamente la oposición podría cambiar este rumbo al desastre, pero si se asume como tal, enalteciendo la política pero en confrontación con el orden uribista, porque hoy en Colombia, el voto útil no es otro que el voto de oposición al neoconservatismo de los Uribe-Santistas.
Abril 10/10 

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