5 dic. 2011

Angelino y la pobreza


Angelino no aprende. A pesar de que ya fue ministro y gobernador y seguramente metió en cintura a cualquier subalterno deslenguado que osara hablar a los medios en dirección contraria a la suya, o por lo menos sin consultarlo. No ha aprendido a discrepar sin hacer ruido ni pisar los callos a sus superiores, y para peor, todavía se siente directivo sindical obligado a defender el bolsillo de las clases desfavorecidas, como si no le hubiera vendido su alma al diablo y su pasado sindical-comunista le atormentara el sueño con episodios de sonambulismo político.
Pero la política de nuestros tiempos, capturada por los medios de comunicación, vive cotidianamente de los deslenguados ¡Qué le vamos a hacer!, se alimenta de infidencias, deslices e indiscreciones que como las de Angelino, mueven la opinión dentro de la sociedad, por lo menos hasta que el establecimiento manda sus bomberos y logra sofocar el fuego con sus propios contundentes datos oficiales. Nuestro Vice es un personaje singular que pasa la vida entrando y saliendo de la hoguera, incomodando una y otra vez y reincidiendo siempre. Cumple a las mil maravillas su función de adelantarse a los opositores del gobierno ante los más gruesos exabruptos, dejándolos sin voz ni iniciativa propias, hasta el punto que ya muchos insinúan que sus “lances” son mandados que le hace al presidente Santos, para evitarle las verdaderas controversias con una izquierda política debilitada y sectores radicalizados de la sociedad.
La más reciente declaración pública de Angelino fue sobre el indicador de línea de pobreza que la tecnoburocracia mandó a elaborar para reemplazar el de 1993 que consideró obsoleto, y así poner en vigencia otro, con base en datos recogidos para 2006, los ya famosos 190 mil pesos  mensuales (aunque 187.079 es la cifra exacta), de ingreso por encima de los cuales los colombianos ya no seríamos pobres. El debate no se hizo esperar y aunque los “hacedores de políticas públicas” han querido archivar el tema, este persiste porque en tanto más intervienen más se enredan ellos mismos para terminar diciendo que en asuntos de tanta filigrana técnica es mejor que nosotros no nos metamos, o que el problema es entre ellos y en nada nos afecta a los ciudadanos porque al fin y al cabo, una cifra no provoca ni mitiga el hambre de nadie. ¡Definitivamente la pobreza es el tema más subversivo de cuantos pueda haber!
El establecimiento no habla motu proprio de la pobreza, pero cuando el tema se vuelve inevitable moviliza su ejército de técnicos, expertos no tanto en materia de indicadores, cálculos y cifras, como en cerrar discusiones sin abordarlas. El reto de ir al supermercado con 190.000 pesos no es aceptado por los técnicos, simplemente porque de él se derivaría una discusión ética, estética y política que ni asumen ellos ni asume el establecimiento. No hay en Colombia interlocutor para el tema de la pobreza, más allá del monólogo de los desposeídos.
No sobra destacar la ingenuidad de Angelino al invitar a los técnicos del Departamento Nacional de Planeación a Corabastos, pues en las plazas o supermercados no expenden vivienda, ni servicios públicos domiciliarios, ni transporte, ni educación, ni salud, que también hacen parte de la canasta familiar. Es decir, los 190.000 pesos no son para cubrir solamente alimentos sino también los demás bienes básicos para la subsistencia de los individuos, de manera que no basta con ir a los supermercados sino que es también indispensable recorrer en transporte público las farmacias, las agencias de arrendamiento de inmuebles y demás entidades donde van a parar los ingresos de los pobres. Pero los contradictores del vicepresidente guardaron interesado silencio ante error tan grueso, y en cambio le endilgaron –buscando ridiculizarlo– su supuesta ignorancia de que los 190.000 pesos no son por familia sino por persona.
En todos los tonos fue tratado de ignorante, luego de populista, después de oportunista y aún no cesan las descalificaciones. A continuación han dicho, argumentando con perogrulladas como el editorial de El Espectador del 14 de septiembre, que el debate sobre la medición de pobreza está desviado porque el tema es “estrictamente investigativo”. Por su parte el editorial de El Tiempo de la misma fecha “Populismo desviado”, haciendo coro con el del otro diario, critica que Garzón mezcle la dimensión técnica con la ético-política. Pero detrás de los malabares mediáticos y el alud de agravios en que han querido sepultar, no tanto a Angelino, que en el fondo lo quieren mucho, sino el incómodo debate sobre la pobreza, la verdad es que en virtud de esta mayor “tecnificación” del indicador que hoy bajó a 190.000 pesos, más de un millón de colombianos han dejado de ser pobres para el gobierno; han dejado por lo tanto de ser objeto prioritario de su política social; han quedado aún más desprotegidos y en peligro de perder subsidios u otras prerrogativas que antes tenían.
Una de las estrategias articuladoras de la política social del neoliberalismo es la focalización, que en contravía de la concepción universalista de los servicios que presta el estado, impone un criterio selectivo y cada vez más restrictivo para definir los destinatarios de los servicios y subsidios a cargo del estado. Focalizar se ha convertido así, en sinónimo de restar beneficiarios de la política social, recortar por esa vía el gasto público y balancear las finanzas del estado. Obvio entonces, que mientras más baje el indicador de línea de pobreza, menos pobres verán los técnicos del gobierno y más podrá este focalizar su política “social”. Si el año entrante aparece una cifra más técnica (150.000 pesos, por ejemplo) y no alcanza ni para los meros alimentos, no les importa. Nos dirán que ese es un asunto de técnicos, que el tema es “estrictamente investigativo”, que no se requiere visitar el supermercado, y que no desviemos el debate hacia lo ético-político pues suele resultar peligroso.
Aunque a los tecnócratas tampoco les ha gustado explicar cómo obtienen sus cifras, Hernando José Gómez, director del DNP, algo dijo sobre la metodología usada para restar el millón largo de pobres entre 2009 y 2010: “Nos estábamos autoflagelando mucho, en el sentido de que teníamos unos indicadores más exigentes; por ejemplo, no incluíamos las transferencias monetarias” (El Tiempo. Ago 27/11). Se estaba refiriendo a las transferencias monetarias que hace directamente el gobierno a las 2.500.000 Familias en Acción, a cargo de Acción Social de la presidencia de la República. Por lo tanto, los subsidios directos girados a esas familias, se contabilizaron esta vez como ingreso para efectos del cálculo de la pobreza.
Si tenemos en cuenta que esas transferencias no son generadas como remuneración laboral sino que son rentas del estado giradas a esas familias, nos encontramos con un gobierno que en lugar de crear y promover empleo digno y oportunidades para que los ciudadanos superen la indigencia, prefiere entregarles cheques para borrarlos de las estadísticas, es decir, manipular los indicadores mediante el asistencialismo, que es el método más insostenible de erradicación de pobreza.
Un debate sobre la pobreza no puede adelantarse en Colombia al margen del problema general de la distribución del ingreso nacional, del cual es solo un capítulo importante. El problema de la pobreza tiene su propia cara oculta, que es la concentración de la riqueza en muy pocos colombianos que no tributan al erario lo que en justicia les corresponde, pero en cambio están sobrerrepresentados en las instituciones públicas que ellos conciben como su propio patrimonio.
Con razón la pobreza y los pobres son objeto permanente de conteos, clasificaciones y operaciones estadísticas. Ellos tienen que registrarse para ser reconocidos y obtener cualquier servicio del estado. Los ricos en cambio, no se dejan contar en este país; esconden sus rentas y sus bienes y los gobiernos no tienen técnicos para estudiarlos a ellos ni sus riquezas. Nadie sabe quiénes son, de dónde provienen sus patrimonios ni dónde los tienen, y menos aún cuántos impuestos pagan al erario.
También se nos ha dicho en el marco de esta discusión, que con cualquier metodología o indicador que se utilice, anterior o actual, los índices de población pobre e indigente están mejorando en Colombia en los últimos años. Esa tesis, que seguramente tiene sustentos matemáticos con las últimas dos metodologías, oculta otra realidad socioeconómica del país de hoy: los hogares que están logrando superar la pobreza (la de los 190.000 pesos mensuales por miembro) no lo están haciendo por mejores remuneraciones laborales ni porque el costo de la vida esté bajando, sino porque otros miembros de la familia se vinculan al mercado de trabajo. Ya no es suficiente el ingreso de la cabeza de familia para soportar los gastos de los hogares sino que otros integrantes de él tienen que emplearse para suplir las necesidades básicas. La gran mayoría de estos empleos a los que la gente acude con desespero, son por cuenta propia, o informales, llamados también de “rebusque”, sin seguridad social ni prestaciones legales.
Según el DANE en Colombia había el año pasado 12.191.000 hogares y la población ocupada ascendía a 19.215.000 personas, lo que arroja un promedio de 1,57 empleos por hogar, cifra por lo menos aterradora si tenemos en cuenta que según la última encuesta de calidad de vida de esa entidad, el tamaño promedio de los hogares colombianos ha bajado a 3,7 miembros. Los hogares, como es la tendencia mundial, son cada vez menos numerosos, y en Colombia cada vez más miembros de ellos, huyen de la pobreza para irse a estrellar contra la tragedia del “rebusque” y la precarización laboral. El otro nombre de esa desgracia es desvalorización del trabajo, estrategia de fondo que salva los grandes negocios, los grandes capitales, y crea más “confianza inversionista”, es decir, mayor seguridad económica, jurídica y fiscal garantizando mayores utilidades y menores costos de la nómina laboral.
¡Gracias Angelino por tus indiscreciones! Pero es innegable que esta pataleta no es sino “la puntica” del gran debate entre un interlocutor consigo mismo, el de la distribución del ingreso en Colombia, y permitir que la discusión continúe podría involucrar temas y personas de fuera del mundo de  los técnicos, a la postre los verdaderos actores del juego. No es que sea un diálogo de sordos, como sugiere Alejandro Gaviria (El Espectador. Sept 18/11); es diálogo lo que no hay. Ya el presidente Santos jaló las orejas al descarriado; Hernando José (El Tiempo. Sept 18/11) a instancias de Yamid Amat nos volvió a explicar lo que ya sabíamos, agregando que “son temas difíciles de comunicar”, mientras María Isabel y María Elvira (El Tiempo y El Espectador de la misma fecha) coincidieron con sus jefes (editoriales de sept 14) en que el problema es el Vicepresidente y es hora de que vaya buscando la puerta de salida.
El debate pasará, y en el mejor de los casos se relegará a las academias, aquellos bellos lugares enmallados donde los gobernantes suelen encerrar ciertos temas y debates que estorban por ahí recorriendo las calles. El conspicuo Angelino pasará también, ojalá no sea tan pronto como ciertos “cacaos” quisieran, para que algunos sectores de la sociedad tengamos nuevas oportunidades de discutir temas de interés, aunque sea entre nosotros mismos.
Sept 18/11

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